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Una de las canciones que más me gustan, “Who by Fire” de Leonard Cohen, empieza diciendo: “And who by Fire, who by water / Who in the sunshine, who in the nighttime / Who in your merry merry month of May / Who by very slow decay” (“Y quienes por el fuego, quienes por el agua / Quienes a la luz del sol, quienes de noche / quienes en tu feliz mes de mayo / quienes por lenta decadencia”). Esta canción se inspira en un lamento fúnebre que los judíos cantan repetidamente entre el Nuevo Año (Rosh Hashaná) y el Día de la Expiación (Yom Kippur). El lamento da otras muchas opciones para morir: “quienes de hambre y quienes de sed; quienes por terremotos y quienes por las pestes…”. Todos vamos a morir, está claro, pero no sabemos cómo. ¿Si pudiéramos escoger, qué muerte escogeríamos? No sabría decirlo. Lo que sí puedo decir con seguridad es que no quisiera morir como murió Victoria Amelina, por el atentado terrorista de un misil ruso contra un blanco civil: un restaurante en la hora de mayor afluencia de gente.
Hay una característica de la mente humana que nos puede llevar a la locura. Son esos “si” condicionales, los llamados futuribles, lo que podría existir, o lo que pudo haber pasado, si se hubieran dado ciertas condiciones. “Si yo no hubiera ido a ese café al que no quería ir, donde conocí al amor de mi vida…”. “Si yo hubiera entrado al baño un minuto después…”. “Si yo no me hubiera cambiado de puesto simplemente porque oigo mal por el oído derecho…”. Lo que hay es lo que existe, lo ocurrido, y lo podemos llamar destino, azar o providencia, según nuestra manera de entender el mundo. Para mí, por ejemplo, es un azar que en Kramatorsk haya muerto Victoria Amelina y no Sergio Jaramillo. Lo que no es un azar, sino un acto criminal y deliberado, es dar la orden de lanzar un misil supersónico contra un establecimiento civil, a las 7:30 p.m., cuando más gente se reunía ahí a comer. El azar interviene al repartir la suerte de quiénes mueren, pero hay voluntad y crimen en el acto de querer matar el mayor número de personas posibles.
Luego vienen las reacciones de solidaridad o las de odio; las expresiones de amor o los insultos; la tristeza de unos y el regocijo de otros; la propaganda de la máquina de desinformación hábilmente montada por la inteligencia rusa y replicada por mentes bien o mal intencionadas. Influencers de psiquis tan retorcida que son incapaces de concebir que haya convicciones y no interés. Gentes con el cerebro lavado por las calumnias y la propaganda, que creen de verdad que la invasión rusa de Ucrania (que empezó en diciembre del 2013 y no en febrero del 2022) es una cruzada contra los nazis. Es inconcebible, pero sí, hay gente capaz de creer en mentiras del tamaño de una catedral que no son más que un intento de lavar mentes ingenuas o de alimentar con odio cerebros ya previamente lavados por la ideología.
Escribo esto al fin desde la seguridad de mi casa en Medellín. Una casa. Pero ¿qué es una casa? En un ensayo magistral publicado esta semana en The Guardian, la lúcida y brillante Victoria Amelina explica de qué modo, paulatinamente, Ucrania (y en parte también Europa) se fueron convirtiendo en su casa, en su hogar. El ensayo se llama “Ukraine and the meaning of home” y les recomiendo leerlo. La casa grande, el país, es un lugar que no va a ser invadido y bombardeado por los vecinos más fuertes. Cuando en diciembre de 2013 cientos de miles de ucranianos, Amelina entre ellos, salieron a la plaza Maidán a reclamar por la traición de Yanukóvich que, pese a sus promesas electorales, quiso afianzar los lazos con Moscú y no con Europa, Victoria entendió a fondo cuál era su casa y qué tipo de casa quería tener, si una autoritaria o una libre. Luchando por una casa así, y denunciando los crímenes de guerra de los invasores rusos, Victoria murió por otro crimen de guerra. Esto no lo voy a olvidar, porque defender su casa, Ucrania, es defender también la nuestra, Colombia.