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Fútbol de hoy

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Dos hechos me llaman la atención del fútbol de hoy que vemos y vivimos en Colombia. Varios jugadores conservan la titularidad en sus equipos porque, antes de jugar, pegan y pegan patadas, chocan contrarios y no tienen ningún temor ni vergüenza en recibir tarjetas amarillas, que al fin y al cabo no las pagan de sus bolsillos sino del de algunos dirigentes alcahuetas.

Los llamados volantes de primera línea están afiliados en su mayoría a este grupo. Álex Mejía, Gustavo Cuéllar y Elkin Blanco son los líderes de ellos, donde no faltan tampoco Andrés Pérez; Sebastián Salazar, de Santa Fe; Daniel Torres, del Medellín, y Dáger Palacios, de Equidad.

Lo grave es que los técnicos de estos jugadores los tienen en cuenta siempre porque en el fútbol hay que “meter” miedo a los rivales. Y muchos de los citados que pueden jugar bien prefieren inclinarse a ese plan para intimidar y de paso conseguir dentro de los hinchas un reconocimiento por el amor a su camiseta y la entrega. Cada equipo de los nuestros está capacitando jugadores para contrarrestar la vehemencia de aquellos.

El otro punto es curioso. Cuando una empresa busca talentos o simplemente empleados para enganchar, especifica las características de quien debe llegar al puesto. En el fútbol, el ojo del entrenador o la presión de un empresario o apoderado bastan para escoger al jugador.

Da pesar ver a unos jugadores que no son capaces de hacer una autoevaluación. Vi un lateral derecho del Cortuluá, este fin de semana, intentando jugar algo que no sabe ni siente. Pasar al ataque es un ejercicio complicado y debe estar apoyado en la sorpresa para salir y en la certeza para ir hasta el fondo a levantar un centro o acatar otra disposición del técnico. El muchacho está para marcar y nada más. Eso sirve para que el técnico busque otro jugador y en sector diferente para hacer el trabajo mencionado.

Hay que tener desconfianza cuando un jugador responde: “Juego en cualquier sector, soy bueno para defender y mejor para atacar”. Generalmente no es cierto. Es mejor ser especialista en una función y se evitan dolores de cabeza, porque los jugadores no son sinceros y a los técnicos les falta malicia para averiguar el aporte real que el jugador puede brindar.

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