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El trompo de poner en nuestro fútbol profesional colombiano siempre es el arbitraje.
Los árbitros con sus errores, normales por lo demás, magnifican los dramas de entrenadores y equipos. No digo de jugadores, porque éstos siempre están protegidos por los directivos y contratos, a no ser que cometan actos de indisciplina, con lo cual pueden ser sacados a sombrerazos sin nada que chistar. Los jugadores son profesionales, los cuerpos técnicos, incluyendo quinesiólogos, médicos, etc., son profesionales porque tienen contratos firmados con remuneraciones estipuladas. Gerentes deportivos también lo son, y vaya a uno a saber si algún presidente de un club o miembro de la comisión directiva del mismo también lo es. Los únicos aficionados genuinos son los árbitros, que reciben pasajes, hospedaje y $1’300.000 por partido, cuando dirigen. Los asistentes de línea un poco menos. Esto lo cobran cuando trabajan, cuando los llaman a pitar un partido. Si no los nombran, no devengan esa remuneración. No existe agremiación arbitral y en consecuencia no reciben ayudas en billete, como lo pregona la Fifa, de parte de la Federación Colombiana de Fútbol o de la Dimayor. En países como Brasil, México y Argentina, los árbitros gozan de todos los beneficios, incluyendo patrocinio de empresas particulares. En Colombia, éstos señores no tienen nada de nada. Hay unos colegios arbitrales, si no desaparecieron, que reúnen a los aficionados al silbato. Hace diez o veinte años no había la catarata de dinero en el fútbol por patrocinios, derechos de televisión, ni publicidad. Hoy la Federación y la Dimayor nadan en dólares y euros. Si hay recursos es obligación profesionalizar a los árbitros, obligarlos a dedicarse de tiempo completo, como los futbolistas, a su oficio. Entonces las exigencias de capacitación, preparación físico-atlética y aprendizaje se cumplirían sin tu tía. Ah, y la Dimayor, con los recaudos por concepto de tarjetas amarillas, bien podría pensar en profesionalizar a los árbitros que son aficionados dirigiendo a profesionales.