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Nacional-Santa Fe, sin orden

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Volvieron a encontrarse mucho antes de lo esperado. Atlético Nacional e Independiente Santa Fe ya habían sido elegidos por sus campañas como los mejores del primer semestre.

Esta vez en la ciudad de Medellín, ambos jugaron con intensidad, velocidad mal controlada, imprecisión y, algo para reconocer, la entrega y, como en las antiguas crónicas de fútbol, un reconocimiento a aquello de sudar la camiseta que, dicho sea de paso, es lo mínimo que se exige.

En ese alocado ritmo de ir y venir de la pelota, acusaron los dos equipos la falta de un genuino creador de juego. Ausentes Macnelly Torres, Sherman Cárdenas y Ómar Pérez, por circunstancias conocidas, se trataba de esperar a jugar con el error o el descuido de los del fondo, como pasó en la pena máxima al jugador William Zapata, bien sancionada y mejor ejecutada por Silvio González.

Pocos tiros libres próximos al área de los arqueros, que en estos casos pueden ser una solución, arqueros sin sobresaltos durante la noche, como para reafirmar aquello de un juego centralizado en esa poblada zona de volantes. Atlético Nacional estaba confiando en un remate de Alejandro Bernal o Francisco Nájera. Santa Fe, se presentó con un apático Félix Micolta y en general con una difícil escogencia de un valor individual sobresaliente.

No es la primera vez que esos partidos resultan planos, sin picante, sin alegría, con la intención clara de vivir del pelotazo, en un esquema de juego vertical que no siempre da resultado, más cuando los enfrentados se conocen casi de memoria. En el final, con dos goles de pelota detenida, penalti y tiro libre de costado, bien cabeceado por Guisao, dejaron así los puntos repartidos.

Santa Fe y Nacional no pudieron hacer más, porque renunciaron por obligación a los creadores de juego, a los que piensan y saben hacer una pausa. Como ellos no estuvieron, el partido salió así, uno a uno, olvidando que el fútbol es un juego y no solamente un espacio para repetir y repetir maniobras.

A quienes nos gusta el fútbol bien jugado, tenemos pleno derecho a una decepción que, ojalá, sea pasajera.

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