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Si no conoce otro idioma y quiere comunicarse con alguien, cante.
Recurra a la música y al don de su lenguaje universal. Entone canciones
como Summertime o My funny Valentine, que en la versión de Chet Baker
sirve para enamorar a la mujer más distante. Incluso si se encuentra
solo, en medio de la noche, y recuerda su país, lejano en la geografía,
hágale un homenaje a través de la memoria regresando a su paisaje con
alguna melodía que le sirva a la nostalgia.
Una salvación, un apoyo emocional y un refugio que ayudan a resolver la adversidad de la Orquesta Ceremonial Alexandria de la Policía, en su viaje desde Egipto a Israel para tocar un concierto que acaso ya nadie recuerde pero que, en su momento, fue importante por cada ser humano que se tropezó con ellos.
La visita de la banda (Kolirin, 2007) narra los encuentros, desencuentros y hallazgos que permite la música, aliviando las tensiones, suavizando las neurosis y, de alguna manera, redimiendo de un pasado doloroso a los que llevan consigo una biografía marcada por la muerte y sus tragedias.
Aunque el mundo no se percate. Cuando la banda está anclada en el aeropuerto donde nadie los espera, Kolirin descubre a los músicos detrás de una camioneta que parte y los deja abandonados sin saber hacia dónde dirigirse. Los viajeros pasan enfrente de ellos con sus maletas y el turista, que quiere tomarles una fotografía, debe esperar a que un barrendero haga su trabajo sin que le importe la pose de estatuas —no en vano es una orquesta ceremonial— con la que se disponen a permanecer en la memoria del retrato.
Kolirin nos recuerda los tiempos muertos del cine de Jim Jarmusch, donde el silencio está cargado de elocuencia y define la actitud de cada personaje en un mundo que detiene momentáneamente el ritmo y nos permite una serena reflexión acerca de nosotros mismos y de aquellos que nos acompañan. Es entonces cuando un músico, que observa a un niño dormido en su cuna, descubre cómo terminar el concierto que compone desde hace ya bastante tiempo o cuando la actitud de galán profesional de otro miembro de la banda sirve para que un adolescente comprenda los temores y ansiedades de la chica que lo desconcierta y hace que escuche el sonido del mar aturdiendo sus oídos por el pánico que le producen las mujeres.
Situaciones construidas a través de gestos breves, que sirven para enriquecer el rumbo de unas vidas a las que puede atrapar la rutina, aliviada, en parte, por el paso fantasmal de la banda que pudo transformar la aridez, exterior e interior, de los que viven en un pueblo desértico —definido por el ángel guardián de la banda, la dueña de un café llamada Dina (Ronit Elkabetz), como un lugar donde no hay cultura israelí, ni cultura árabe, ni cultura.
Una vida de provincia, sin más esperanza que las repeticiones, descrita por Kolirin con la aguda comprensión que sugiere cómo una vida puede estar hecha de humildad y sencillez, descubriéndose el factor humano en sus pequeños milagros o en sus contrariedades.
“Un hombre es un paisaje / o al menos la mitad de ese paisaje”, escribió el poeta Álvaro Rodríguez. Su sabiduría es cercana a la sabiduría de la humildad que respira esta película. Sabemos que un paisaje donde no está la presencia de alguien es una imagen que puede complacer a los sentidos. Pero cuando vemos a un mortal que recorre ese paisaje, empieza el drama. Y en La visita de la banda ese drama lo decide la ansiedad de fragmentar, aunque sea temporalmente, la soledad a través de los encuentros que permite el azar. Hasta dónde el lenguaje y sus obstáculos se pueden rebasar a través de la música, pero también de la generosidad y la nobleza que ayudan a celebrar el mundo y la presencia en el mundo de todos los que cruzamos por el misterio del mapa.