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Es cada vez más frecuente encontrar en las cartas de los restaurantes un creciente listado de cervezas para armonizar distintos platos y preparaciones.
Si bien es cierto que las industriales mantienen su presencia en la mayoría de los entornos gastronómicos, las más llamativas son las artesanales.
Después del vino, cuyos componentes naturales y métodos de preparación lo convierten en un acompañante natural por excelencia, la cerveza es otra bebida fermentada poseedora de una amplia gama de texturas, tipos, estilos, colores y sabores. E, igual que el vino, es un ingrediente más en distintas preparaciones culinarias.
En materia de colores, las gamas van desde la rubia hasta la negra, pasando por aquellas de tonalidades ámbar, cobrizas y rojas. También las hay blancas, al estilo belga.En texturas, oscilan entre ligeras, de mediana intensidad, de gran cuerpo y turbias.
Todo esto sin hablar de los aportes de las materias primas utilizadas para su elaboración, como cebadas, cereales, levaduras y lúpulos.
En materia de orígenes, las más reconocidas se elaboran en Alemania, Holanda, Inglaterra, Irlanda y Bélgica, entre otros. Y ya se abren paso las chilenas, argentinas, mexicanas, peruanas y colombianas.
Desde el punto de vista de la apreciación, la cerveza se rige por elementos comunes, como aspecto, color, olfato, sabor e impresión final (dulce, amarga, ácida).
Puede que, en algunos casos, la cerveza resulte tan compleja de entender como un vino, pero hay que reconocer que el gran público la percibe como una bebida más amigable y con menos exigencias de conocimiento.
No se requiere ser demasiado entendido para concluir que nos da igual satisfacción una cerveza rubia y fría a orillas del mar Caribe o al borde de una piscina que una cerveza densa, oscura y espumosa en un clima frío.
Si de algo sirven los conocimientos básicos adquiridos con el vino, debe intuirse que una cerveza oscura tenderá a parecerse a un vino tinto, mientras que una cerveza ligera, o lager, encontrará una correspondencia directa con un vino blanco.
Otro principio básico es que si nos encontramos frente a un plato sustancioso y abundante, la mejor cerveza debe ser una amarga y pesada, porque aquí la lager se vería fácilmente superada por la preparación.
La cerveza también suele ser muy valorada como condimento. Carnes de res y de cerdo adquieren un sabor especial cuando se sazonan con cerveza. Algunas stout alemanas se utilizan, con frecuencia, para preparar fondues de queso. Y muchos guisos y estofados mejoran su consistencia y sabor con el aporte de una ale.
Van estos otros consejos. Con la cerveza rubia o lager: pollo a la plancha, pastas con crema, comida mediterránea, platos con curry, preparaciones al wok, sushi, ceviche y ensaladas.
Con la cerveza roja o ale: quesos maduros, carnes rojas, pastas con tomate, pizzas, pescados grasos como atún y salmón, frituras y alitas de pollo.
Con la cerveza oscura: cortes de carne grasosos, como ojo de bife o costillas de cerdo. Guisos, estofados y platos con champiñones.
Con cervezas negras o tipo stout: carnes a la brasa, tanto de res como de cerdo, carnes ahumadas y postres con chocolate negro.