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Debate de copas

Hugo Sabogal
04 de enero de 2014 – 05:00 p. m.

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Con la puesta en marcha de la nueva ley antiborrachos, muchas personas se han declarado confundidas. Esto se debe, en gran parte, a la habitual falta de información y ausencia de procesos educativos para facilitar la comprensión de la norma.

Ante tales circunstancias, siempre ganan terreno el pánico, la confusión y el desconocimiento.

Pero quizás lo más amenazante para el colombiano no es el efecto dañino que puede generar el abuso del alcohol con el paso del tiempo, sino la posibilidad de perder la licencia de manejar.

Uno oye decir en las reuniones de temporada que el efecto de una simple copa puede detectarse al día siguiente. Falso.

Y se ha llegado a especular en la radio que una reducción de vino en una salsa de cocina también afecta a todos aquellos que se hayan comido un pedazo de pavo en la cena. Falso.

Si la persona se toma una copa de vino con la comida, el organismo metabolizará el alcohol en unas dos horas. Por otra parte, una reducción de vino no es otra cosa que la evaporación completa del alcohol.

Ante el reciente endurecimiento de las reglas de juego para quienes beban y manejen, la caída en el consumo es innegable. Los bares y restaurantes de todas las ciudades han reportado bajas de más del 20 por ciento.

Bien vale decir que gran parte del actual panorama se debe a un simple problema de cultura.

Los colombianos nunca hemos bebido con responsabilidad, en gran parte porque algunas bebidas nobles como el vino o la cerveza no se usan como aperitivos o para acompañar los alimentos, sino como pasaporte a la borrachera. Y si lo que hay sobre la mesa es un destilado, el riesgo de descontrol es muchísimo mayor. Esta irracionalidad —y no el alcohol— es la verdadera causa de los desmanes ya conocidos.

Y si a esto se suma el enfermizo apego al automóvil, la combinación puede ser letal. Esto es porque, al tratarse de la pertenencia más añorada por ciudadanos de todas las condiciones sociales y culturales, muy contadas personas prescinden de su uso. El “carrito” debe llevarlo a uno a todas partes, incluso a la tumba.

En otros países es común la designación de un conductor elegido o de un servicio especial de conductores. Pero aún así, pocos están preparados a soltar el vehículo.
Un hecho cierto es que el alcohol reduce la capacidad del individuo de desempeñar actividades potencialmente peligrosas como manejar un vehículo, volar un avión u operar maquinaria. Esto es porque el alcohol disminuye las reacciones y los reflejos.

Cuando penetra en el organismo, el líquido es absorbido por el estómago y el intestino delgado, y luego enviado al torrente sanguíneo. Por esa vía llega al corazón, el cerebro, los músculos y otros tejidos. Este proceso tarda pocos minutos.

Como el cuerpo no almacena el alcohol, el hígado lo desintegra en un 95 por ciento. El 5 por ciento restante se elimina mediante la orina, la respiración y el sudor.
Tomar más de una copa cada hora empantana gradualmente el cerebro hasta causar impedimentos para pensar, hablar y moverse. En situaciones así, habrán de pasar de ocho a doce horas para que la persona pueda retomar el control. Por eso es siempre posible que después de una fuerte noche de copas el volumen de alcohol en el organismo se mantenga alto y marque positivo ante cualquier prueba de alcoholemia.

Si se han consumido alimentos, la tasa de absorción del alcohol en el organismo es mucho más lenta. Por eso se recomienda comer mientras se bebe. Nunca lo haga con el estómago vacío.

Más allá del peligro de perder la licencia de conducir, los constantes abusadores deben estar conscientes de que el exceso de alcohol también puede causar dependencia, generar impotencia, desatar graves enfermedades del hígado como la cirrosis, provocar un infarto, causar pancreatitis, desencadenar desórdenes estomacales e, incluso, cáncer del sistema digestivo.

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Mi consejo es: beba con responsabilidad y nunca tome el volante si ha bebido.

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