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La historia del café en la vida cultural y social es un tema ampliamente documentado. Trataré de resumirlo en este pequeño recuento sobre los cafés como sitios de encuentro y grandes legados.
Por ahora no iré atrás, pues el origen de la segunda bebida más consumida del mundo, después del agua, sigue siendo impreciso.
Una versión atribuye su descubrimiento, en el siglo IX, a un pastor etíope llamado Kaldi, quien comenzó a notar un cambio de comportamiento en sus cabras tras ingerir los frutos rojos de un arbusto silvestre. El propio Kaldi los probó y también se sintió renovado de energía.
Desde Etiopía, el cultivo se extendió a Oriente Medio y África del norte, y luego, en el siglo XVI, a Italia y el resto de Europa. Después llegó a América de la mano de los jesuitas.
La infusión ha ganado y perdido adeptos a lo largo del tiempo. Pero hoy el café —como bebida y lugar de reunión— experimenta un notorio renacimiento, en especial entre los jóvenes, quienes viven en su interior atractivas experiencias, que van desde la compra de café en verde, hasta su tueste y molienda en el sitio, para luego bebérselo, en múltiples formas, en un estado de frescura (casi de la finca a la taza). Estos nuevos cafés constituyen, además, sitios informales de reunión, conectados al mundo vía internet.
Quizás uno de los mejores trabajos sobre cafés históricos se le abona al escritor australiano Peter Baskerville, quien fijó su atención en aquellos que han jugado un rol social y cultural destacado. Algunos, incluso, siguen en pie después de más de dos siglos de fundados.
En 1475, Kiva Han, en Constantinopla, sirvió a sus vecinos el primer café preparado. Sin embargo, los creadores del primer café propiamente dicho fueron, en 1555, los amigos Shemsi, de Damasco, y Hekem, de Aleppo, quienes abrieron su local en Talchtacalah, Constantinopla.
Ya en el siglo XV, los cafés eran espacios para la interacción social. En su mayoría, los clientes eran hombres, quienes conversaban, durante horas, sobre música, arte y literatura, o se embarcaban en largas partidas de ajedrez. Fue algo que replicó el Café Automático, en Bogotá.
No faltaron sobrenombres como “escuelas del saber” (en Turquía), donde se cultivó una intensa vida intelectual; en Inglaterra se les llamaron “universidades del centavo” (el café costaba literalmente un centavo), que atraían a personas con abundante o poca educación para hablar de política y actualidad.
En Italia siguen vigentes algunos cafés de trascendencia histórica, como el Caffè Baratti & Milano, en Turín, fundado en 1858. En 1969 se filmaron en su interior algunas escenas de la película The Italian Job, o La estafa maestra, con Michael Caine.
Caffè Florian, abierto también en 1858, es todavía un punto neurálgico en la Plaza de San Marcos, de Venecia, a los pies de la Campanile o torre del campanario.
En Inglaterra, Edward Lloyd’s Coffee House, abierto en 1685, ostenta el título de uno de los más antiguos de Londres. Desde un comienzo se le asoció con el comercio marítimo, a tal punto que el lugar dio origen a un grupo de comerciantes conocido como la Society of Lloyd’s.
En el Barrio Latino de París abrió sus puertas, en 1686, el Café Le Procope, todavía en funcionamiento. Durante el siglo XVIII fue centro de reunión de intelectuales. Es más: el gorro frigio, símbolo de la libertad, se exhibió allí por primera vez. Entre sus clientes revolucionarios figuraron Cordeliers, Robespierre, Danton, Voltaire, Rousseau, Diderot y Marat.
En Nueva York, un paso obligado es el Café Reggio, todavía en pie, situado en Greenwich Village. Abrió en 1927 y se lo recuerda como el Bar del Cappuccino, pues importó la primera máquina de espresso a la Gran Manzana.