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El Niño, a la inversa

Hugo Sabogal
07 de mayo de 2016 – 09:00 p. m.

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Salir de Colombia y dejar atrás las consecuencias del fenómeno de El Niño me hizo creer falsamente que sus consecuencias sólo atañían a nuestro territorio. Pero en reciente visita al hemisferio sur, a la caza de novedades en bodegas y viñedos de Argentina y Chile, quedé expuesto al devastador comportamiento del clima a causa del mismo fenómeno.

Si en casa la falta de agua lluvia nos tenía postrados, en las zonas vitivinícolas sureñas los estragos no eran menores.

Las temperaturas cálidas en primavera y verano, necesarias para asegurar el desarrollo normal de plantas y racimos, no llegaron. Y las precipitaciones, que eran escasas en dicha temporada, se dejaron sentir con todo su rigor, desatando una ola de enfermedades fúngicas que acabó con extensos cultivos a ambos lados de la cordillera de los Andes.

El primer impacto ha sido una notoria merma en la producción de uva, que no sólo ha encarecido el producto, sino que ha cambiado notoriamente el estilo habitual de los vinos de nuestros hermanos australes.

Tras una caída anormal de precipitaciones —estimada en 800 milímetros anuales y que triplica los promedios habituales—, se calcula un desplome de hasta un 50 % de la producción. No se había vivido nada parecido en los últimos 58 años.

Uno de los efectos es la desaparición de varias marcas de volumen, las cuales habían permitido ampliar la oferta de la bebida a segmentos de población con ingresos económicos menores. Y esto incidirá en reducciones en el consumo promedio en los países consumidores, entre ellos Colombia.

Afectado por una alta inflación y una situación cambiaria restrictiva, el sector vitivinícola argentino tendrá que reducir su oferta de Malbec, variedad estrella que ha venido gozando de una gran aceptación mundial. Algunos cálculos apuntan a una disminución del 30 % o incluso más.

Otro resultado inquietante es que los vinos argentinos y chilenos, reconocidos y, en algunos casos, admirados y buscados por su potencia, saldrán al mercado con un estilo completamente atípico.

Con un volumen promedio de alcohol del 12,04 %, les resultarán irreconocibles a miles de consumidores, acostumbrados a vinos de 14 % y más de alcohol.

Este efecto, sin embargo, ha sido bien recibido por muchos enólogos, quienes habían estado buscando fórmulas para bajarle vigor a sus caldos, pues una de las preferencias más notorias de los últimos años es la de vinos con menor contenido alcohólico. Esto les permite sacar a relucir elementos como la expresión frutal, una mayor acidez de las uvas y, en consecuencia, una agradable frescura.

Enólogos de gran influencia, como el argentino José Galante (Bodegas Salentein) y el chileno Rafael Urrejola (Viña Undurraga), están de plácemes con los resultados de las primeras fermentaciones de 2016. Aseguran que sus vinos ganarán en elegancia y facilidad de consumo. Degustaciones de tanque y de barricas de fermentación comprueban ese nuevo carácter. En medio de todo, agrega Sebastián Zuccardi, de la bodega familiar del mismo nombre, serán “vinos extraordinarios”.

Sin embargo, tras el desbarajuste causado por las bajas temperaturas y las lluvias inesperadas de 2016, todos se preparan ahora para el fenómeno de La Niña, que traerá para el trópico lluvias y tragedias mil, y una preocupante temporada de sequías para los vecinos del sur, justo cuando el agua escasea. Seguramente, la vid sobrevivirá. Eso esperamos.

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