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Para los admiradores de los vinos ibéricos, hay un nombre cincelado en su recuerdo: La Rioja.
Esta denominación de origen entró en escena a mediados del siglo XIX, tras el ataque de la filoxera, plaga responsable de arrasar buena parte de los viñedos europeos.
Para mantenerse en pie, los viñateros de Burdeos emprendieron la búsqueda de vides y vinos en el norte de España, concentrando su trabajo justamente en La Rioja, a la que convirtieron en su despensa natural mientras superaban la crisis.
La Rioja supo aprovechar el momento y pronto se ganó un espacio propio, no con las variedades franceses tradicionales —como Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc o Merlot—, sino con las autóctonas: Tempranillo, Mazuelo y Graciano, entre otras.
Para demostrar que hacía bien sus deberes, Marqués de Riscal, quizás la bodega riojana más antigua, se hizo acreedora, en 1895, al disputado Diploma de Honor en la Exposición de Vinos de Burdeos. Y desde entonces cosechó seguidores y éxitos.
Debido a su proximidad al golfo de Vizcaya, los vinos riojanos muestran un carácter fresco y de potencia media, que los hace bebibles al poco tiempo de embotellarse. Otros ganan complejidad tras prolongados añejamientos.
Una historia distinta y menos difundida es la de Ribera del Duero, la otra gran denominación española, que comenzó a sorprender a estudiosos y consumidores a partir de los años 80, pese a que una de sus bodegas, Vega Sicilia, también se remonta al siglo XIX y exhibe, como algunos de los riojanos, prestigiosos laureles.
A diferencia de La Rioja, Ribera del Duero no la tiene fácil. Su clima continental presenta un panorama de extremos, dificultando sus actividades agronómicas. Los veranos son secos y calurosos, y los inviernos, intensamente fríos. Y las heladas son una amenaza frecuente. En verano, incluso, se pueden presentar temperaturas diurnas de 35 grados centígrados y nocturnas de apenas 6 grados.
Lo interesante es que, en su esfuerzo constante por sobrevivir, las uvas engrosan su piel para proteger la semilla y este fenómeno aumenta la intensidad de los vinos, tornándolos intensos, expresivos y longevos.
A lo anterior se suma la complejidad de los suelos, compuestos por capas de caliza, marga y tiza, bajo sedimentos de limo y arcilla. Esta riqueza de nutrientes termina agregándoles a los vinos una perceptible traza mineral, que enriquece la experiencia de beberlos.
De un puñado de bodegas en los años ochenta, hoy Ribera del Duero aloja en su territorio a casi tres centenares de establecimientos, todos sometidos a un firme esquema de controles para asegurar la calidad como requisito imprescindible.
En Ribera del Duero, los viticultores solamente pueden plantar seis variedades: Tempranillo (o Tinta del País), Cabernet Sauvignon, Merlot, Malbec, Garnacha Tinta y la uva blanca Albillo.
Como prueba de su compromiso con dichos estándares, los bodegueros reciben una estampilla emitida por el consejo regulador para certificar el origen y la calidad.
Entre las etiquetas más comentadas figuran: Vega Sicilia, Torre Albéniz, Protos, Ortega Fournier, Viña Mayor, Pesquera, Condado de Haza, Pingus, Hermanos Pérez Pascuas, Comenge, Emilio Moro, Pago de los Capellanes, Dominio de Atauta y Los Astrales, entre otras.