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El mundo del vino es exigente y costoso; sin embargo, eso no evita que muchos fantaseen con poder tener su propio vino o su propia cosecha.
Entre las múltiples inquietudes que recibo con frecuencia, tanto de lectores como de amigos, hay una que ni yo mismo he logrado resolver. ¿Qué tan realizable es el deseo de tener un viñedo? ¿No correría uno el riesgo de enterrar el patrimonio familiar en un actividad agrícola? Porque una cosa es cierta: tener un viñedo productivo (o, incluso, decorativo) en Argentina, Chile o España no es lo mismo que comprar un tierrita en Anapoima, Llanogrande o la Mesa de los Santos.
Aún así, la idea de tener un viñedo o de elaborar un vino propio es más tentadora que cultivar tomates o engordar ganado, así los réditos sean menos jugosos. Antes que nada es bueno dejar en claro que, como no heredamos viñedos centenarios, podemos darnos el lujo de elegir a dónde irnos y qué estrategia seguir, sin que haya ninguna obligación de por medio. Después de todo, queremos ser viñateros por elección y no por cuestiones del destino.
Claro, todo está bien mientras no estemos pensando en convertirnos en los próximos grandes exportadores de vinos del siglo XXI. De ser así, este no sería su medio de consulta ideal. Tendría que ponerlos en contacto con el ex banquero español José Manuel Ortega Fournier, quien cambió su trabajo de alto ejecutivo del Santander Investment para Latinoamérica, por el de empresario de innovadoras bodegas en Argentina, Chile y España. Sin embargo, aquí estamos hablando de otra categoría de inversionista-soñador.
Nosotros, los seres humanos más normales, podemos aspirar a un sinnúmero de posibilidades no tan costosas, hoy disponibles en California, España, Chile, Argentina, Australia o Nueva Zelanda. Al revisar algunos de los proyectos disponibles en Suramérica, me encontré con varios que ofrecen búsqueda y compra de fincas de distinto tamaño o participación en asociaciones residenciales vitivinícolas, donde uno es el dueño de la tierra, los viñedos y la casa, pero comparte con los vecinos una misma bodega de elaboración. La administración de los viñedos y los procesos de vinificación están en manos de profesionales, cuyos honorarios se pagan entre todos los participantes. Uno, simplemente, se dedica a vivir el sueño.
El costo promedio de estas propiedades oscila entre US$70.000 y US$100.000, es decir, lo que valdría el ingreso a uno de los clubes sociales y deportivos más selectos de Latinoamérica. Pero a esta inversión hay que sumarle el costo de los pasajes aéreos, la alimentación, el esparcimiento y los gastos de transporte dentro de Chile o Argentina, por ejemplo. En consecuencia, estamos hablando de mucho más.
A mí me atrae la idea de elaborar un vino propio sin comprar tierra, ni construir planta de elaboración o invertir en un barrio de viñedos. Sólo hacen falta unos buenos contactos y cierta capacidad económica para comprar uva de buena procedencia, contratar a un enólogo independiente y acompañarlo en el momento de la vendimia para cosechar a su lado y luego, con su orientación técnica, elaborar un vino propio y lanzar la novel marca entre familiares y amigos. Porque para hacerla conocida en el mercado sí vamos a necesitar de una inmensa cantidad de capital. Está, pues, en sus manos, amigo viñatero-soñador, elegir el mejor camino. Y si en algo puedo orientarle, escríbame.