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En busca del frescor

Hugo Sabogal
03 de mayo de 2014 – 09:00 p. m.

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Recuerdo mis conversaciones, hace 14 años, con el reconocido enólogo chileno Pablo Morandé, fundador de la bodega del mismo nombre.

Aparte de sus numerosos logros profesionales, su mayor hazaña fue haber descubierto el potencial de la zona costera de Casablanca, cercana a Santiago, que ha convertido a Chile en uno de los productores más connotados de vinos blancos en el mundo. Antes, Casablanca era un enorme pastizal, sólo apto para levantar ganado. Morandé se jugó su propio capital para demostrar que dicha zona podría situarse a la altura de Marlborough, en Nueva Zelanda, o de Carneros, en California.

La proximidad al mar produce una serie de llamativas singularidades, como el frescor, la existencia de suelos arcillosos (altamente valorados por sus aportes minerales), las moderadas temperaturas durante el proceso de maduración, los vientos costeros (que evitan acumulaciones de humedad y una topografía de suaves ondulaciones, que facilita la aparición de interesantes microclimas.

Adicionalmente, en las zonas cercanas al mar, se generan nieblas matinales, que bloquean la radiación solar para evitar maduraciones tempranas. Este lento desarrollo potencia la ganancia de matices, lo que normalmente se pierde en climas más cálidos, como los reinantes en los valles centrales.
Luego del salto de Casablanca al escenario se han desarrollado áreas circunvecinas, con características similares, como San Antonio, Leyda y Rosario.
De esta forma, Chile ha logrado abrirle un nuevo camino a delicadas variedades blancas y tintas como Sauvignon Blanc, Riesling, Gewürztraminer, Chardonnay, Pinot Noir y Merlot, y ha permitido experimentar con tintas más robustas como Syrah y Cabernet Sauvignon.

Últimamente, también hemos comenzado a sentir los resultados de nuevas incursiones en territorios antes excluidos, como los valles de Elqui, Limarí y Choapa, a más de 400 kilómetros al norte de Santiago.

Cuatrocientos kilómetros al sur, el movimiento lo encabeza ahora Itata, que no es un ningún advenedizo en el mundo del vino, pues en tiempos coloniales alcanzó fama con viñedos plantados en cercanías de la histórica ciudad de Concepción. La reconquista de Itata ha dado un nuevo impulso a la zona, y es fácil observar la coexistencia de nuevas y viejas plantaciones. En particular, existe un marcado interés por rescatar viejas parras de Semillón, Moscatel de Alejandría, Cariñena y Cinsault, y, al mismo tiempo, probar suerte con cepajes más habituales como Chardonnay, Cabernet Sauvignon y Merlot.
En cualquier caso, la latitud sur permite obtener vinos más delicados y elegantes, en los que predomina el frescor.

Lo mismo ocurre con el Valle de Bio Bio, al sur de Itata, donde es más acentuado el contraste entre las temperaturas diurnas y nocturnas. Y pese a que sus condiciones climáticas son extremas (lluvias frecuentas, vientos fuertes y fríos intensos), varios emprendimientos han desafiado los elementos y logrado, con paciencia y habilidad, excelentes versiones de Pinot Noir, Sauvignon Blanc y Chardonnay. Su común denominador es la acidez natural, condición que es esquiva en la mayoría de los valles cálidos.

Entre estos últimos, Colchagua, al sur de Santiago, y Aconcagua, al norte de la capital (famosos por sus vinos tintos potentes y concentrados), han iniciado también la exploración de sus zonas costeras y conseguido excelentes resultados con las variedades blancas, lo que era impensable hace algunos años.
Con respecto a los vinos chilenos, especialmente a los tintos, existe una comprensible inclinación por preferir zonas reconocidas como los valles de Maipo, Rapel, Curicó y Maule.

Pero la nueva Chile merece atención. Doy fe de que nadie se llevará una mala sorpresa cuando incorpore al listado de sus preferencias a Elqui, Limarí, Choapa, Itata y Bio Bio, o las zonas costeras de Colchagua y Aconcagua. Además de delicadeza y frescor, los vinos de estas zonas, en su mayoría, aportan también una mayor longevidad para poder disfrutarlos en el tiempo.

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