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Los vinos de la Bodega Portuguesa Quinta Do Crasto, una de las más antiguas, ya se pueden conseguir en Colombia. Buena opción para salirse de lo convencional.
Existen pocos paraísos en el mundo como la ribera del río Douro o Duero, en España y Portugal, dos tierras bañadas y forjadas por el histórico afluente. Desde las altas y empinadas cumbres, repartidas a lado y lado de su cuenca, puede apreciarse su ineludible serpenteo hacia el más allá, que, en este caso, es el agitado y fresco Océano Atlántico, contra el cual chocan los destellos de este ibérico espejo de agua, donde se han visto reflejados pueblos y culturas enteras a lo largo de los siglos.
El Douro fue una de las posesiones más preciadas del Imperio Romano porque, a falta de caminos, era una ruta estratégica, tanto en lo militar como en lo comercial. Desde aquellos tiempos, sus suelos de esquisto recibieron sarmientos de vid para la producción de uva y la elaboración de arcaicos vinos. A lo largo de los años la tradición se mantuvo, hasta bien entrado el mundo moderno. Las monarquías imperiales europeas, por ejemplo, vieron el Douro portugués como una despensa natural de vinos. Y así fue como surgió la fama y magnificencia de la región de Oporto.
En un principio, las vides se cultivaban en terrazas de altura, pero el vino no podía guardarse allí, debido a las temperaturas extremas durante las dos estaciones más marcadas del año. El riesgo de perder la cosecha era inminente. Por eso se acuñó el viejo refrán de que, en el Douro, son “nueve meses de invierno y tres meses de infierno”.
Así las cosas, la bebida se transportaba por el río hasta llegar al poblado de Vila Nova de Gaia, donde se añejaba y embotellaba. Por eso, Vila Nova ha sido el principal bastión de los vinos de Oporto. La tradición se mantiene hasta hoy, aunque los equipos de aire acondicionado y humidificación han hecho posible que las bodegas del Douro Superior hagan todo el proceso en el mismo sitio, sin necesidad de someter la bebida a bruscos movimientos. Sin embargo, y especialmente para el Oporto, se sigue recurriendo a la práctica de pisar la uva.
Una de las propiedades o quintas tradicionales de la zona ha sido Crasto, llamada así porque era una especie de castrum o castro, una especie de castillo o fuerte romano. Con el tiempo las letras se invirtieron hasta consagrarse, definitivamente, el nombre actual.
Registros históricos indican que Quinta do Crasto existe como bodega de vinos desde 1615. Los documentos indican que con el correr de los siglos la propiedad cambió de manos hasta ser comprada por el empresario Constantino de Almeida, a principios del siglo XX. De Almeida elaboró, con su nombre de pila, un célebre Oporto Constantino. Tras su muerte, su hijo Fernando heredó la finca y la tradición. Todavía se conservan en la cava botellas de la célebre cosecha de Oporto Constantino de 1927. Más adelante, el control lo asumieron Leonor, hija de Fernando, y su esposo, Jorge Roquette, un conocido banquero y financista portugués. Por insistencia de éste, Miguel y Tomás, los hijos varones del matrimonio, se encargaron de convertir a Crasto en la célebre casa que es hoy, amparándose en la existencia de la denominación de origen de Douro, vigente desde 1756.
La bodega sigue produciendo una marca de Oporto de gran calidad, pero también ha introducido vinos secos de mesa. Estos vinos, blancos y tintos, se reconocen por su gran carácter, acidez y profundidad. Son rasgos adquiridos por las vides gracias a los contrastes de calor y frío, y a las propiedades minerales transmitidas por los suelos de esquisto y pizarra.
Aunque se trata de vinos robustos, los hermanos Roquette han logrado imprimirles un notorio toque de jugosidad, respetando la expresión natural de la uva. Congregan el Nuevo Mundo con el Viejo Mundo. Este estilo se logra con añejamientos controlados para evitar que los aromas y sabores adquieran tonos a madera, muy presentes en los vinos de otros productores.
Hoy, Quinta do Crasto está presente en Estados Unidos, Brasil, Norteamérica, Suramérica, Europa, Asia y África, y ahora ha llegado a Colombia por una coincidencia del destino. La sommelier Alejandra Naranjo la descubrió en una visita realizada a la feria de Vinexpo, en Burdeos, Francia. Alejandra visitó la sección de los vinos portugueses y allí conoció a los hermanos Roquette. A partir de ese momento mantuvieron contacto y los Roquette sirvieron de anfitriones varias veces para que Alejandra viviera la experiencia de la vendimia. Ayudó mucho que Tomás estuviera casado con una mujer de origen portugués, nacida en Cali, ciudad de la que Alejandra también es oriunda. “Si alguna vez quisiera importar vinos portugueses a Colombia, serían estos”, se dijo ella en su momento. Y el momento llegó cuando conoció a Filipe Castro, un empresario portugués radicado en Colombia, casado con caleña. Ambos conformaron la Companhia Luso-Colombiana, dedicada a la importación y comercio de alimentos gourmet, entre ellos los vinos de Quinta do Crasto.
Detrás de cada Crasto
Aunque Quinta do Crasto produce varias referencias, se han incorporado al mercado local las líneas Flor de Crasto (tinto y blanco), Quinta do Crasto Blanco, Quinta do Crasto Douro DOC, Quinta do Crasto Reserva Vinhas Velhas y el Oporto Quinta do Crasto LBV, entre otros. La acogida ha sido inmediata. Varios vinos de la casa han obtenido entre 92 y 96 en el ranking del Wine Spectator.
Parte del éxito obedece a que Crasto utiliza cepas de origen portugués, lo que constituye una especie de aire fresco frente a los vinos hechos con uvas clásicas francesas o españolas. En el caso de los blancos, se emplean Loureiro, Gouveio, Roupeiro, Cercial y Rabigato, y, en el de los tintos, Tinta Roriz (equivalente al Tempranillo español), Touriga Franca, Touriga Nacional y Vinhas Velhas, entre otras. En todos los casos, se trata de vinos complejos pero amables al paladar. Por su complejidad, se convierten en acompañantes naturales de la buena gastronomía. En cambio, el joven Flor de Crasto es, en esencia, un vino para “tutear”, como dicen Alejandra Naranjo y Felipe Castro.