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Cuando pensamos en vinos de prestigio y alta complejidad, dirigimos ineludiblemente la mirada a aquellas pocas denominaciones de origen que han destellado durante largo tiempo.
En Francia siempre ponemos el ojo en Burdeos, Borgoña y Ródano Norte; en España, en Rioja, Rivera del Duero y Priorato; en Italia, en Toscana, Veneto y Piamonte; en Portugal, en Duoro, Dâo y Alentejo; en Chile, en Alto Maipo y Leyda; en Argentina, en Luján de Cuyo y Valle de Uco; en California, en Napa y Sonoma, y en Australia, en Barossa y Coonawarra, para mencionar sólo algunos países productores de gran recordación entre nosotros.
¿Por qué excluimos a las demás? Bueno, la verdad es que la tradición, el comercio y la mercadotecnia (amén de premios y apologías) han ayudado a generar para ellas una mayor percepción de valor. Además, estos nombres son como gotas cristalinas en un vasto y nebuloso océano del vino en el mundo.
Pero cuidado: cuando abrimos nuestro espectro de experiencias y conocimientos nos encontramos con sorprendentes secretos.
Es el caso de algunas zonas conocidas por sus grandes volúmenes de producción —o sea, vinos baratos y de alta rotación—, lo que precisamente las ha empujado a ocupar niveles inferiores de aceptación.
Empiezo por Langedoc-Roussillon, una frontera históricamente antigua y siempre ligada a la elaboración de vinos. Lo que sucede es que ha terminado convertida en la despensa de los vinos ligeros, informales, juveniles y de bajo costo del país europeo. Es una suerte de “Nuevo Mundo” dentro de uno de los territorios más curtidos y tradicionales del planeta.
Si queremos ponerlo de otra forma, es fuente de vinos que poco o nada tienen que ver con aquellas prácticas milenarias y ancestrales de regiones como Borgoña o Burdeos.
Ya varios ejemplares han llegado a desarrollar una imagen sólida de complejidad y calidad, especialmente aquellos que han concentrado sus esfuerzos en explorar variedades como la Cariñena o Carignan, tinta antigua y relativamente desconocida en la escena mundial.
Algo similar ha ocurrido en Castilla-La Mancha, en España, donde existe la mayor área plantada de viñedos de la península Ibérica y donde se elaboran los mayores volúmenes de vino de mesa para consumo diario.
Hasta hace unos años, ser nativo de La Mancha no representaba ninguna ventaja. Fue necesario el trabajo de un grupo de viñateros tradicionales para cambiar el destino. Ahí están hoy los vinos del Marqués de Griñón, con su Dominio de Valdepusa, o de Alejandro Fernández, con sus exquisitos caldos de El Vínculo, o los Syrah y Petit Verdot de Pago del Vicario. No sólo se han llevado las palmas de los críticos, sino que han abierto un nuevo camino para la zona. Algunos de estos vinos ya están en Colombia.
Y en febrero hace su presentación en sociedad, en la 2ª Gran Degustación de Vinos de California, en Bogotá, la región de Lodi, situada en el extremo norte del Valle Central, donde predomina la elaboración de vinos de bajo costo, como sucede con Languedoc-Roussillon, en Francia, o con Castilla-La Mancha, en España.
Pero Lodi no sólo es capaz de producir uvas de gran calado, para vinos de la misma alcurnia, sino que es, adicionalmente, la cuna norteamericana de la variedad tinta Zinfandel, emblema indiscutible de los vinos de California y de Norteamérica.
Además, sus viejos viñedos y su modelo de sustentabilidad en el manejo de la tierra le merecieron en 2015 el título de Región Vitivinícola del Año, otorgado por la revista Wine Enthusiast.
Como puede verse, la lupa de la exigencia también puede y debe aplicarse a lugares de donde no se creía que pudieran extraerse joyas como las que ahora surgen de allí y que deben merecer nuestra atención y curiosidad.