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Sin que muchos aficionados lo hayan notado —principalmente por su hasta ahora baja participación de mercado (algo más del 5%)—, los vinos estadounidenses (léase californianos) han estado presentes en Colombia desde hace varias décadas, gracias a dos marcas de reconocimiento internacional y altos volúmenes de producción, como E & J Gallo y Robert Mondavi, cuyos arsenales de marcas y estilos de precio medio-bajo confrontan en las góndolas a Chile, Argentina y España, los tres principales proveedores de vinos importados en Colombia.
En las escalas superiores, la presencia californiana había sido históricamente modesta porque el precio base de su oferta era más alto que el fijado por sus competidores.
Pero con la entrada en vigencia del tratado de libre comercio entre Colombia y Estados Unidos, el arancel de ingreso se eliminó, lo que a su vez abrió las compuertas del mercado colombiano a una creciente colección de etiquetas de gamas superiores, elaboradas para ambientes gastronómicos y no para grandes superficies.
En los últimos dos años, la estrategia californiana se ha orientado a ganar puntos de participación y para ello ha puesto en escena dos grandes ferias comerciales, la última de ellas hace dos semanas en Bogotá.
Adicionalmente, California (cuarto productor mundial después de Francia, Italia y España) ha simplificado su mensaje de marca-región, adoptando un modelo de fácil recordación alrededor de su variedad de uva estrella: la Zinfandel. Es algo similar a lo adoptado por Argentina con el Malbec, Chile con el Carménère y el Cabernet Sauvignon, España con el Tempranillo, Australia con el Shiraz y Sudáfrica con el Pinotage, entre otros casos.
Para quienes se sorprenden con la existencia de vinos hechos en Norteamérica, cabe señalar que, antes de la llegada de los inmigrantes europeos, el territorio americano exhibía una verdadera despensa de especies vitícolas autóctonas como Vitis riparia, Vitis vulpina, Vitis rupestris, Vitis labrusca y Vitis berlandieri. Tal era su notoriedad que los primeros exploradores vikingos bautizaron la isla de Terranova con el nombre de Vinland o tierra del vino.
A mediados del siglo XVI, los primeros colonos europeos elaboraron bebidas artesanales con estas variedades nativas, pero los resultados no fueron satisfactorios porque resultaban ácidas o astringentes. Así las cosas, los pequeños hacedores se vieron abocados a importar Vitis vinifera, especie noble euroasiática con la cual se elaboran los mejores vinos conocidos hasta hoy.
Los primeros ensayos se hicieron en la poblada zona este, pero las condiciones reinantes no resultaron favorables, especialmente para los vinos tintos. La ampliación de la frontera hacia lo que hoy es California facilitó todo el ciclo productivo del vino y esto hizo que el negocio creciera a un ritmo exponencial.
Hoy California cuenta con seis regiones claramente demarcadas, entre las cuales figura la llamada Costa Norte, donde se ubican las dos denominaciones más reconocidas: Napa y Sonoma. A éstas se suma ahora una tercera llamada Lodi, capital mundial del Zinfandel.
Entre los vinos de Napa y Sonoma actualmente disponibles en el mercado nacional (o que lo estarán pronto) figuran Beringer, Waterstone, Silver Oak, Paul Hobbs, Foppiano, Waterstone, Haywood, La Crema, Pine Ridge, Seghesio, Amberhill, Buena Vista, Duckhorn y Louis M. Martin, entre otros. Desde la Costa Central han llegado Ridge, Robert Mondavi, Ceviche y Mandolín, y de Lodi ingresaron Ironstone y Z-52 Cellars. Hay otros que exhiben un origen genérico (simplemente California), como los del director de cine Francis Ford Coppola, y también los de Estrada Creek y R. Collection by Raymond.
Es poco aún, pero California ha puesto sus cartas y sus intenciones sobre la mesa.