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Una de las tiendas de vinos más interesantes que tuvo Bogotá fue la creada, dirigida y atendida por Mauricio Bermúdez, especialista consumado y profesor emérito de vinos y licores en la facultad de administración de negocios hoteleros y turísticos de la Universidad Externado de Colombia.
Estaba localizada en un pequeño pasaje peatonal, entre las carreras 11 y 12, a pocos metros de la calle 85, en el norte de la ciudad. Allí uno iba a buscar asesoría, a comprar productos diferenciados, a tomarse una copa (solo o en compañía) o, simplemente, a deleitarse con la charla y sapiencia del propietario. Se sentía uno como en cualquier capital del mundo.
Pero Bermúdez fue un adelantado, porque, aunque vio el horizonte, no alcanzó a conquistarlo. Lo cierto es que, a comienzos de 2000, la cultura del vino en Colombia apenas despuntaba, y sus principales exponentes eran las cadenas de supermercados, cuya apuesta consistía en aumentar significativamente la oferta, a precios nunca antes vistos (a lo que ayudó, por supuesto, una rebaja de impuestos y la eliminación de aranceles para algunos productores).
Enloquecidos con el crecimiento de las góndolas, los consumidores se acercaban al vino de manera instintiva y despistada, sin ninguna ayuda ni orientación. No había, por aquella época, personal capacitado para asistir al comprador (hoy sí). En cambio, en la tienda de Bermúdez sobraba el conocimiento. Pero la gente, por obvias razones, prefería pagar menos en las grandes superficies, así no supiera lo que estaba comprando. El "profe" no tuvo más remedio que cerrar.
En verdad, muy pocas tiendas especializadas han sobrevivido, a pesar de no contar con fácil acceso vehicular ni con un conocimiento desbordante. Han tenido que recurrir a productos alcohólicos de todo tipo, alimentos y hasta cigarrillos (el peor enemigo del verdadero enófilo). La oferta era tal que la gente entraba a algunas de ellas a preguntar por pilas. Así las cosas, resultaba mejor adquirir el vino en las secciones especializadas en las grandes cadenas, donde se registra, de todas formas, más del 90% de las ventas de vinos en el país.
Entre 2006 y 2007, sin embargo, se ha visto un surgimiento inusitado de tiendas especializadas, tanto en Bogotá como en otras ciudades como Cali, Medellín y Barranquilla. Y eso es bueno. Muchos consumidores ya han hecho carrera y reclaman productos diferenciados y atención más experta, que sepa interpretar sus gustos y preferencias y los mantenga al tanto de novedades e, incluso, les administre sus cavas. Algunas tiendas venden vino por copa (y también por botella), con acompañamientos como panes, quesos y embutidos. Otras han incorporado salones de cata para dictar charlas e invitar a sus mejores clientes a degustaciones exclusivas. Conocidos restaurantes han abierto cavas y tiendas y han comenzado a introducir novedades en precio.
Muchos importadores, igualmente, han optado por abrir puntos de venta al público, donde exhiben y ofrecen llamativos a precios para todas sus líneas representadas. Y lo mejor es que muchos empresarios detrás de estos proyectos son versados y cultos.
Pero, ojo: estas personas no se clonan con facilidad (ni su conocimiento se transmite por Bluetooth) y esto los obliga a rodearse de asistentes altamente calificados, educados y, ojalá, con más de un idioma bajo el brazo. El consumidor informado de hoy distingue variedades, estilos, denominaciones de origen y cosechas, y no puede haber nada más frustrante que el dependiente no esté a la altura de las circunstancias.
El crecimiento desbordado de las ciudades y la dificultad de llegar pronto y con facilidad a los grandes hipermercados convierten a las tiendas especializadas en una excelente opción. Depende de ellas mismas ganarse su lugar, pero también corre por cuenta de los consumidores que no las ignoren ni pasen de largo. Merecen una oportunidad. Si la tienda de Bermúdez existiera hoy, seguramente estaría en el trono.
Más sobre vinos: hugosabogal@hugosabogal.com