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En los últimos dos años las licoreras nacionales les han apostado fuertemente a los rones. Esto es consecuencia del ingreso de productos similares importados, que le han subido el perfil a la categoría. Hasta hace tres o cuatro años, el ron tendía a asociarse más con el festejo que con la buena apreciación.
Tal es la dinámica actual de este segmento que, incluso, la marca Juan Valdez también ha decidido incursionar en este campo con una propia marca. Y no menos importante ha sido el lanzamiento de un par de rones de lujo elaborados en Cartagena y Barranquilla por una nueva camada de jóvenes empresarios y maestros roneros.
La oleada de avisos en los medios nos habla de las bondades de los rones Botero y Maestro Gabo, de la Fábrica de Licores de Antioquia; del Ron Viejo de Caldas Reserva Especial, de la Industria de Licores de Caldas; del Ron Santa Fe Nido de Cóndores, de la Empresa de Licores de Cundinamarca; de La Hechicera y Dictador, dos marcas premium de nuestra costa norte; del Ron Havana Selección de Maestros, de Pernod Ricard, o de los tres estilos del guatemalteco Zacapa, de la multinacional inglesa Diageo.
Estos son productos de cuidadosa elaboración, envasados en finas y costosas botellas, que ya no se perciben como tragos de rumba, sino como bebidas finas, similares a los whiskies de malta, y diseñadas para tomarlas despacio y disfrutarlas puras o en exclusivos cocteles.
A diferencia de nuestros tradicionales aguardiantes —exceptuando quizá los nuevos estilos Premium de Antioqueño y Néctar—, los rones requieren mayor complejidad en su elaboración y, por esa misma razón, presentan una paleta de aromas y colores más rica y variada. Y todo esto exige un más alto grado de apreciación.
Lo primero que hay que recordar es que, por lo general, los rones se dividen en tres grandes grupos: blancos, dorados y oscuros. Los blancos se obtienen de un ron dorado sometido a un proceso de clarificación mediante filtros de carbón. Los rones dorados se guardan por un período de hasta tres años en barricas de roble, donde anteriormente se añejaron bebidas como bourbon o jerez. Y los rones oscuros suelen pasar un período similar en barriles de madera, pero luego se oscurecen con caramelo natural. Algunos productores también queman el interior de los recipientes de roble para intensificar la coloración.
Los rones blancos se utilizan predominantemente para la elaboración de cocteles. Los más clásicos son Mojito, Daiquirí y Piña Colada, pero debajo de estos se contabilizan cientos de recetas. La imaginación de los bartenders o mixólogos es el límite.
Una preparación sencilla que siempre me funciona es el ron dorado con soda y hielo. Es lo suficientemente refrescante para degustarlo en climas cálidos. Eso sí, hay que asegurarse de controlar la cantidad de ron en el vaso. En Trinidad y Tobago es una de las opciones favoritas de hombres y mujeres, quienes pueden, en una tarde, tomarse entre cinco y diez de estas preparaciones, pero muy ligeras.
Los rones dorados también son la base de célebres cocteles, como el Cuba Libre, que se prepara con una gaseosa oscura y una rodaja de limón.
Los oscuros, como la mayoría de las nuevas marcas colombianas, pueden beberse de acuerdo con las preferencias del consumidor. Pero entregan más si se saborea un buen whisky de malta, es decir, puros, con un toque de soda o un cubo de hielo. Y nada más.
Son ideales como bajativos después de una buena cena, generalmente al lado de un humeante café. En varios países centroamericanos suele beberse acompañando un buen cigarro.
Otros buenos compañeros de los rones oscuros son los postres de chocolate puro o las tortas negras con helado de vainilla.
Lo interesante de todo este nuevo movimiento es que la calidad de nuestros rones no sólo ha mejorado, sino que los consumidores están dispuestos a darles la oportunidad de apreciarlos en su nuevo contexto. Y esto equivale a decir que se sirven en menor cantidad para valorarlos más. Y este es un buen indicio.