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Hoy, además de encaminar su bodega hacia nuevos emprendimientos nacionales, también está impulsando proyectos en otros territorios, como Kaiken, en Argentina, y Napa Angel y Star Angel, en California.
Ahora Montes está a punto de dar un nuevo paso en Perú, donde pondrá en marcha un plan de investigación para evaluar con herramientas contemporáneas el potencial vitivinícola de la ancestral zona de Machu Picchu, a 3.000 metros sobre el nivel del mar. Con excepción de la bodega Colomé, en el norte de Argentina, nadie más en el mundo se ha atrevido a remontar esas difíciles cotas. Y eso que Perú tiene una relación enológica de larga data. Más exactamente, desde 1538.
Tomando como punto de referencia esta nueva incursión de Montes en tierras ajenas, me di a la tarea de reunir situaciones similares de tradicionales marcas internacionales que decidieron cruzar mares y montañas para poner a prueba sus conocimientos en nuevos entornos.
Los ejemplos globales no cabrían en este espacio. Por ello, me limitaré a mencionar los casos más destacados en países próximos a nuestras experiencias enófilas como Argentina y Chile. Aspiro, con ello, a que la próxima vez que pida o descorche una marca favorita tenga la posibilidad de asociarla a sus raíces. Después de todo, una botella de vino, además de líquido, encierra abundantes historias inéditas.
La francesa, por ejemplo, es la delegación internacional más notoria en Argentina. Allí se encuentran Lurton (François Lurton, grupo global), Flecha de los Andes (Baron Edmond de Rothschild y Laurent Dassault), Monteviejo (familia Père Vèrgè, de la zona de Pomerol, en Burdeos), Diamandes (familia de Alfred-Alexandre y Michèle Bonnie, de Burdeos), Cuvelier de los Andes (familia de Jean Guy y Bertrand Cuvelier, también de Burdeos), Chandon Argentina (Louis Vuitton Moët Hennessy), Etchart y Graffigna (Grupo Pernod Ricard), Alta Vista (familia D’Aulan, expropietaria del famoso champán Piper-Heidsieck y actualmente dueña de bodegas en Burdeos y Hungría) y Rolland Wines (del enólogo bordelés Michel Rolland). También existe CARO, asociación de la bodega argentina Catena Zapata con Domains Barons de Rothschild). No faltan, desde luego, varias bodegas creadas por franceses menos encumbrados que emigraron antigua o recientemente a Mendoza, pero esa es otra historia.
A la tradición francesa se suma, en Argentina, la chilena, con bodegas como Trivento y La Chamiza (Concha y Toro), Doña Paula (Grupo Santa Rita), La Celia y Tamarí (Grupo San Pedro), Kaiken (Viña Montes), Universo Austral (Corpora Wines) y ViBo (Viu Manent).
El tercer grupo en suelo argentino es España, con Séptima (Grupo Codorniú), Freixenet Argentina (Freixenet, de Cataluña), Belasco de Baquedano (Grupo La Navarra), Martins (Bodega Marqués de Griñón) y O Fournier (con negocios en Rivera del Duero y Chile).
Con menor número de bodegas en Argentina, pero con una figuración no menos importante, está Italia, con Masi Argentina (Masi, de Venecia), Noemía (Marone-Cinzano) y Chacra (relacionada con Sassicaia, de la Toscana).
Siguen Flichman (Grupo Sogrape, de Portugal), Navarro Correas (Grupo Diageo, de Inglaterra) y Colomé y Amalaya (Grupo Donald Hess Collection, con bodegas en California, Australia y Sudáfrica).
Chile también se une al fenómeno con Miguel Torres (Miguel Torres, de España), Los Vascos (Domains Barons de Rothschild) y Casa Lapostolle (Grand Marnier), ambos de Francia, Château Los Boldos (Grupo Sogrape, de Portugal), Calina (Kendall-Jackson, de Estados Unidos), Caliboro (Marone-Cinzano) y O Fournier, con intereses en Argentina y Rivera del Duero. Igual que en Argentina, existen marcas compartidas como Almaviva, fruto de un acuerdo entre Baron Philippe de Rothschild, de Francia, y Concha y Toro.
Esta historia, como lo evidencia Montes en Perú, no terminará aquí. Así es que vendrán nuevos e interesantes capítulos. Pero antes, a tomar nota y probar los resultados de estas interesantes fusiones y emprendimientos.
-En su mayoría, estos vinos se encuentran en el mercado colombiano.