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Peligros inminentes

Hugo Sabogal
28 de abril de 2012 – 08:00 p. m.

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Algunos de los riesgos que surgen a la hora de hacer buen vino.

Silvio Alberto tiene la apariencia de un roble indestructible: alto, fuerte, de manos gruesas, voz segura y mirada profunda. No pareciera preocuparle nada, al menos, a primera vista.

Falta un día para recoger la última uva de la temporada y Alberto (este es su apellido) junta las palmas de las manos y se las lleva al pecho, en señal de súplica al cielo. “Ruego porque el clima se mantenga, porque todavía debemos levantar cientos de kilos”.

Estamos en la última semana de abril y el otoño llega al oeste argentino con sus fríos mañaneros y nocturnos, y con sus sugestivos cambios de colores. Sin embargo, el riesgo de helada es inminente.

La noche anterior las temperaturas han estado apenas sobre cero y no faltó nada para que el rocío congelara los racimos, poniendo en riesgo buena parte de la cosecha de Cabernet Sauvignon. En este punto, un imprevisto de la naturaleza sería desastroso para su bodega, que el año pasado padeció una inclemente tormenta de granizo. Muchas plantas se fueron al piso y castigaron duramente las arcas de la compañía. De manera que no es momento de permitirse un episodio similar.

Sin embargo, este es sólo uno de los peligros que se ciernen periódicamente sobre Alberto, quien, como enólogo-jefe y gerente general de Bodega DiamAndes, debe responder por la estabilidad del negocio. DiamAndes es un emprendimiento de capitales franceses, establecido en Argentina en el Valle de Uco (zona alta de Mendoza), junto a otras cuatro bodegas del mismo origen, dentro de un ambicioso proyecto llamado Clos de los Siete. Igual que DiamAndes, existen cientos de bodegas abocadas a un riesgo similar en Argentina. En otros países, como Chile, Uruguay, Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda, ocurren amenazas similares, agudizadas ahora por el cambio climático. Y lo curioso es que todo esto se desarrolla a espaldas del consumidor.

Hacer vinos tiene, sin duda, su lado romántico. Pero la quimera puede terminar, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos.

Quienes cuidan de la vid bajo estas condiciones, como Alberto, son héroes silenciosos porque viven día y noche bajo una amenaza inminente. Nunca pueden darse el lujo de bajar la guardia.

Viento Zonda

Esta intensa corriente de aire se forma en el Océano Pacífico, cargada de humedad. Pero al tropezar contra la Cordillera de los Andes, del lado chileno, el agua se descarga en mitad de la montaña y el viento resultante se torna seco y caliente al pasar al otro lado de la frontera. Además, toma velocidades superiores a los 100 kilómetros por hora. Como baja rozando las paredes de las rocas, se carga de electricidad. Una ráfaga de Viento Zonda puede deshidratar las plantas y secar las hojas y los frutos.

La “piedra”

Los argentinos llaman “piedra” al granizo. No hablamos aquí de las pequeñas bolitas que descienden sobre la tierra en otras lugares del planeta. Lo que cae del cielo, en extensas zonas del hemisferio austral —pero, especialmente, en el cinturón vitivinícola argentino—, son, literalmente, piedras de hielo, del tamaño de una bola de golf o, incluso, de tenis. Estas granizadas, consecuencia de tormentas intensas, pueden dejar a un viñedo sin ninguna planta en pie.

Vientos huracanados

En el vastísimo territorio de la Patagonia, donde el horizonte se confunde con el azul del firmamento, los vientos fuertes son asunto de todos los días. Ráfagas furiosas cruzan por las interminables estepas, acabando con lo que encuentren a su paso. Las nuevas zonas productoras de Neuquén han tenido que plantar hileras de álamos alrededor de las fincas para bloquear las furiosas corrientes de aire.

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