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Un bálsamo esperado

Hugo Sabogal
28 de septiembre de 2013 – 04:00 p. m.

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Quizás el nombre de Jumilla les diga poco o nada a muchos de los consumidores en estas orillas del Atlántico.

Cuando se trata de España, recitamos de memoria célebres denominaciones como Rioja, Ribera del Duero, Jerez, Priorato, Penedès, Toro, Bierzo y Navarra. Y hasta somos capaces de señalar con el dedo dos o tres de estos lugares con sorprendente precisión. ¿Pero Jumilla?

Ante todo, hay que ubicarla: Jumilla se encuentra al norte de Murcia, entre Almería y Alicante (en pleno Levante), y goza del doble encanto de pertenecer al mundo cultural del Mediterráneo y también al de Castilla-La Mancha: o sea, costa y mar, planicie y montaña; y en lo humano, distensión y alegría, rigidez y compostura.

Su relación con el vino data desde los tiempos romanos. Y hasta hace relativamente poco, los mostos jumillanos eran simplones y genéricos, y se enviaban a otros destinos para completar faltantes en los despachos.

Pero desde 1996, cuando se formalizó la creación de Jumilla como denominación oficial de origen, los productores locales se lanzaron a la tarea de elaborar vinos de origen, de alta calidad y complejidad.

La tarea no ha sido fácil y el primer obstáculo lo han constituido dos factores: la inclemencia del clima y la extrema pobreza del suelo. En verano, las temperaturas en Jumilla pueden superar fácilmente los 40 grados. Y para completar, las precipitaciones son escasísimas, lo que siempre representa una amenaza de deshidratación para la actividad agropecuaria. Y, sin embargo, Jumilla es conocida por la excelencia de sus peras —que exporta a varios países del mundo— y el carácter único de sus quesos. Y ahora sus vinos nos demuestran que esta antigua región tiene mucho más para contarnos.

Y pensar que bajo condiciones tan extremas sería casi imposible lograr vinos equilibrados. Lo normal sería encontrar caldos opulentos y empalagosos, y muy alcohólicos, justo cuando el mercado mundial quiere lo contrario.

Sin embargo, con un manejo adecuado del viñedo y una atención al detalle desde la floración hasta la cosecha, pueden lograrse mejoras sustanciales. Incluso, puede mantenerse un punto de acidez adecuado para proporcionar frescura. Y esto es algo que las casas productoras de Jumilla han convertido en regla elemental de su trabajo. El secreto mejor guardado de Jumilla, no obstante, es ser la principal productora mundial de Monastrell, uva tinta tan ibérica como el toreo, que bien manejada se convierte en una fantasía. Es la misma Mourvedre cultivada en Francia, que también entrega vinos deliciosos en la zona de Provenza.

La Monastrell es una cepa de racimos pequeños y compactos, piel gruesa y una pulpa deliciosamente carnosa. Convertirla en vino no es fácil, pero los productores jumillanos ya le encontraron la vuelta y esto ha puesto a Jumilla en la mira de los principales críticos del mundo.

Entre los productores locales más destacados figuran los Herederos de Juan Gil y Casa la Ermita. Otro de los más sobresalientes es Luzón, cuyos tentadores vinos ya están en el mercado colombiano, en particular en restaurantes de aquellas ciudades con una buena oferta gastronómica.

A instancias de su importador, Juan Antonio Zuleta, me reuní en una noche reciente con Isidoro Pérez de Tudela, representante de la bodega, quien había aterrizado en Bogotá un par de horas antes después de más de un día de vuelos y desplazamientos. Aún así, logró sacar energías para abrir y hablar del Luzón Joven, una mezcla de Monastrell y Syrah, de tonos frutados y fragantes, y muy amable en nariz y boca, igual que otros vinos jumillanos de su nivel. El Luzón Roble, con uvas 100 por ciento Monastrell y añejado en barricas de roble francés y americano, es tan sugestivo como un buen secreto, con una intensidad moderada y una atractiva sedosidad y elegancia. Palabras mayores son las que salen del Altos de Luzón, un corte de Monastrell (por Jumilla), Tempranillo (por España) y Cabernet Sauvignon (por Francia), que, a pesar de su potencia y complejidad, se comporta como un caballero: amable, fluido, sedoso y equilibrado.

A quienes gustan de los vinos españoles tradicionales puede costarles algún esfuerzo abandonar sus marcas y sus regiones familiares. Pero aquellos más aventureros y atrevidos encontrarán que el Monastrell de Jumilla encierra, de alguna manera, un espíritu joven en una piel ancestral. Y este es un riesgo que vale la pena tomar.

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