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Un impuesto mal erigido

Hugo Sabogal
25 de junio de 2016 – 09:00 p. m.

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Sorprende, por decir lo menos, la argumentación utilizada por el equipo económico del Gobierno para imponerle una nueva carga tributaria al vino.

Tal y como ha quedado escrita la norma, estamos ante la ejecución de un golpe de gracia contra esta categoría y un mal presagio para importadores, grandes y pequeños, y para personal comercial y de servicios. Asimismo, los nuevos precios al consumidor producirán un brusco descenso y un retroceso de 25 años en lo que se ha construido.

La nueva cultura del vino en Colombia ha sido motor de la nueva gastronomía colombiana, o sea, la misma que el aparato oficial vende afuera como nueva punta de lanza del turismo.

Los funcionarios de turno parten de varios equívocos, como meter destilados y fermentados en un mismo saco. Los fermentados, como la cerveza y el vino, son amables y placenteros, y aportan, incluso, compuestos benéficos para la salud.

Es claro que ningún policy-maker se tomó la molestia de investigar cómo el consumo de vino ha contribuido a mejorar las relaciones sociales y familiares de los colombianos. No ocurre así con los destilados, que exigen una mayor cultura y conocimiento de consumo (que aún no tenemos), para evitar que la euforia derivada de su ingesta genere desafueros en un país de por sí incendiario. Las noticias diarias dan cuenta de ello.

Lo más lógico hubiera sido proponer líneas de control acordes con la esencia de cada bebida. Nadie sugiere que el vino no pague impuestos, sino que su contribución fiscal sea justa y acorde con su papel alimenticio y su condición de integrador social.

El vino y la cerveza —y aquí valdría preguntar por qué esta bebida alcohólica quedó curiosamente por fuera del nuevo proyecto de ley— deben responder a un tratamiento fiscal diferente. A menor riesgo, menor impuesto. Y no a mayor poder, menor injerencia.

Otro despropósito es volver a catalogar el vino como producto suntuario, sólo porque cuesta más que los nacionales. Obvio: los productores de vinos en origen manejan costosos y complejos procesos, onerosos viajes entre puertos y destinos, impuestos de nacionalización y lentos papeleos. En cambio, buena parte de los vinos locales (existen contadas excepciones) utilizan mostos importados de bajo costo, que luego hidratan y embotellan en sus instalaciones. Están en su derecho, pues su objetivo es llegar a segmentos de bajos ingresos y precios. Por eso no pueden compararse con los elaborados en sus regiones ancestrales. El trópico es antinatural para la vid, así como los extremos hemisféricos lo son para el café o la caña de azúcar. Cada loro en su estaca.

Acojamos el vino como una expresión profunda de la cultura occidental y trabajemos para que el mundo perciba de la misma forma nuestro café. Sin condiciones ni castigos.

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