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¿Zinfan qué?

Hugo Sabogal
23 de agosto de 2014 – 09:00 p. m.

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He sido uno de los primeros en aplaudir el ingreso de nuevos vinos estadounidenses al son del Tratado de Libre Comercio.

California, Oregon y el estado de Washington producen hoy variedades y estilos que están a la altura de los mejores del mundo. Es más: en un par de ocasiones han superado, en catas a ciegas, a los más reconocidos productores de Francia e Italia, esos dos estandartes vitivinícolas por los cuales se rigen los hacedores de vino de los cinco continentes.

Como las casas estadounidenses, en su mayoría, también elaboran vinos a partir de las llamadas variedades “internacionales” —casi todas de origen francés—, los consumidores no encuentran barreras para acercárseles.. Nomenclaturas como Cabernet Sauvignon, Syrah, Merlot, Pinot Noir, Sauvignon Blanc, Chardonnay, entre otras variedades, ya no presentan ningún misterio. Donde quizás surja algún obstáculo es en los nombres de las marcas y en las leyendas explicativas, predominantemente escritas en inglés. Pero esa es también una situación superable.
Como recientemente he notado que en algunos lugares muchos comensales se desconciertan cuando les preguntan si quieren probar in Zinfandel (“¿Un Zinfan qué?”, inquieren), me referiré hoy a la que sin duda es la uva icónica de Estados Unidos y muy particularmente de California.

A diferencia de los cepajes mencionados anteriormente, la tinta Zinfandel posee otros orígenes. Una investigación realizada en 1998 por el Centro de Estudios de Davis, en la Universidad de California, estableció un parentesco directo con la variedad Primitivo, proveniente de la zona suroriental de Italia. Quienes han intentado ir más allá han encontrado, incluso, que la Primitivo se deriva de la uva croata Plavac Mali.
Pero bueno: dejo hasta aquí todo lo que aprecian los puristas, porque lo interesante es saber cómo llegó a territorio norteamericano y cómo terminó coronándose como la cepa emblemática de California.
La historia apunta a que su llegada se produjo a comienzos del siglo XIX, en un lote de plantas pertenecientes a la Colección Imperial de Viena, importado por un vivero de Long Island. De allí se propagó a otros estados del este, donde se plantó como uva de mesa.

No es claro con qué calificativo se introdujo entonces, pero lo más probable es que haya adoptado el nombre de una cepa austriaca llamada Zierfandler que, con las naturales deformaciones de los vocablos extranjeros en tierra ajena, terminó conociéndose como Zinfandel.
Hacia 1840 llegó a California, junto con la fiebre del oro, y se la utilizó para extraer mostos baratos, apreciados solamente por contener alcohol.

Desde entonces su producción ha sufrido altibajos de todo tipo, hasta que, a mediados de 1980, experimentó un inusitado renacimiento, traducido en vinos rosados dulzones, que se convirtieron en una revelación para el paladar norteamericano, no muy amigo, por aquella época, de los vinos secos de estilo europeo.
Con el tiempo, varios productores empezaron a tomarla en serio y a cuidar mejor los procesos de elaboración. Quizás el hombre que más ha hecho para llevarla al estrellato es el enólogo Paul Draper, de Ridge Vineyards.
Hoy, la Zinfandel es la variedad más plantada en California y su cultivo se ha extendido a otros 14 estados. Países como Chile, Australia y Nueva Zelanda la han introducido a sus territorios, aunque en volúmenes muy pequeños.

A la Zinfandel le gusta crecer en regiones calurosas para evitar el riesgo de su tendencia a producir, en un mismo racimo, uvas maduras y uvas verdes, lo cual puede aumentar la sensación de acidez en el producto final.
Por lo general, es una uva que entrega vinos afrutados y suaves, con insinuaciones a frambuesa y mora, y toques florales de rosas secas.
Si bien es cierto que se aprecia mejor cuando aún está joven, hay algunos ejemplares que se añejan en barricas de roble para buscar una mayor complejidad. Y los resultados no decepcionan.
Va bien con carnes a la brasa —rojas y blancas— y ha resultado ser un buen aliado con la comida picante de San Francisco. Cuando se le elabora como rosado, es ideal para acompañar platos preparados con tomate.
Si tiene la oportunidad de probar un Zinfandel la próxima vez que lo vea en una carta o en una estantería, no la descarte. Le aseguro que se sentirá satisfecho de haber ampliado su frontera de experiencias con una variedad bien diferente.
 

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