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Carta del Toro al señor Director

Humberto de la Calle
25 de diciembre de 2010 – 09:57 p. m.

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SEÑOR DIRECTOR: ACABA DE NA- cer Jesús. Los reyes se han puesto en marcha. Todo es jolgorio y alegría. Pese a la tragedia invernal, ahora la gente sólo quiere divertirse. Pero para nosotros, en cambio, ha comenzado la semana de pasión.

Cuando llega el mayoral, todos agachamos tímidamente la cabeza, desmadejamos los remos. A diferencia de lo que pregonaba Darwin, queremos pasar desapercibidos, fingir que tenemos perdida la lucha por la selección de la especie. Son momentos de angustia. Los que resultan seleccionados son transportados como reos al callejón de la muerte después de soportar estrechos chiqueros en las intimidades de las plazas, a la espera de una jornada dominical que, si sólo significara muerte, nos daríamos por bien servidos. Un aguijonazo a la salida. El ruedo deslumbrante nos enceguece y desconcierta. Unos señores de extraños vestidos hacen todo tipo de piruetas en frente de nosotros que terminan en nuevas punzadas, esta vez más profundas. Los rehiletes cuelgan de nuestra piel, se mueven mientras corremos, hacen daño y nos sacan jirones de espalda. Todo es tan confuso. Acostumbrados ahora un poco a la luz, no entendemos el delirio de los tendidos. Gentes de extraña factura, aúpan, gritan, se descomponen. Pero no protestan por los vejámenes que sufrimos. No, señor Director. En verdad, nos es imposible descifrar qué ocurre, cuál es la gracia de todo esto y qué papel desempeñamos aquí. Vemos una cabalgadura a la que se han cubierto los ojos. Encima, un hombre vestido con hojalata, como los primeros viajeros del espacio en añejas series de televisión. Nos darían risa si no viéramos cómo nos amenazan esta vez con largas varas que terminan en lanzas de varios centímetros. El dolor es insoportable. Algunos de mis hermanos, simplemente por confusión, empujan aún más contra el caballo. La gente ruge en medio de una alegría incontenible. Otros más sabios, como espero serlo yo, señor Director, rehuimos el castigo. Pese a la lógica robusta de esta actitud, la gente enceguecida ahora nos critica. La silbatina no cesa. Algunos se apiadan y piden que regresemos al chiquero. ¿Se apiadan? Tal vez no, a juzgar por los insultos. ¿Hemos hecho algo indebido, señor Director? ¿Es esta la misma masa de enajenados que pedía la muerte de los cristianos en el circo romano? ¿Es ésta la especie inteligente del planeta?

Agotados y desorientados, seguimos la ruta de un trapo rojo, tal vez el color que más se fija en nuestro ojo. Ahora hay mezclas de aplausos y rechiflas en ráfagas sin ilación. Por fin, la plaza hace silencio y otro hombrecito, vestido de forma más brillante y más barroca, se nos viene con un estoque. Mi sangre anega mis pulmones. No sé cuál es la culpa que estoy pagando y que merece esta pena. Ya en la penumbra, humillado y abochornado, cuando doblo mis rodillas, el hombrecito del estoque se regodea en su vanidad, mira a los tendidos como si hubiese alcanzado la gloria, se pavonea sin importarle que ahora agonizo. Otro hombre, de vestido diferente, corta mi medula espinal. Todo ha terminado para mí. Pero vendrán otros, señor Director.

Al final, es el destino. Todo lo soportamos con resignación, señor Director. Pero no la perorata de los que señalan que esta fiesta se justifica para preservar nuestra especie. Cinismo.

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