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¿Cuántas operaciones aguanta el perro?

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Con Belisario se decretó el cese al fuego. Las Farc duplicaron sus frentes.

Nosotros, bajo Gaviria, les caminamos a las negociaciones. Pero Chucho Bejarano, que los conocía bien, se empeñó en que se comenzara por la concentración de la guerrilla en varios puntos y la entrega de las armas. “Primero los fierros, luego la retórica política” era su lema.

Pastrana hizo el mayor esfuerzo acompañado de paciencia bíblica y buena fe infinita. Luego supimos que el diálogo era utilizado por las Farc como estrategia de guerra, no como camino a la paz. Lo que salva a Pastrana es que desnudó a las Farc y comenzó el robustecimiento de la Fuerza Pública. Hay que recordar que las Farc que recibió Pastrana eran la de la guerra de posiciones y la toma de ciudades capitales.

Tres veces capados, resulta inverosímil que ahora, con motivo de una carta escrita en latín, se pretenda poner a la sociedad en un dilema hamletiano: ¿negociar o no negociar?

Pero debemos ir a las premisas.

Quienes empujan una tregua parten de la base de que es imposible la victoria militar. Pues claro que siempre habrá delincuentes y que el fenómeno del narcotráfico determinará sin duda la presencia indefinida de organizaciones armadas. No habrá una paz idílica de un día para otro. Pero la premisa es falsa, porque sí es posible derrotar a las Farc. Tanto en lo militar como en lo político. En el plano militar, derrotar a las Farc equivale a desvertebrar su ejército, afectar su unidad de mando, disminuir significativamente sus ingresos, aislar sus frentes y perturbar de manera importante sus comunicaciones. Ello es posible. No habrá una batalla final, no vendrá un Waterloo de las Farc. Pero sí un proceso de desintegración que es igual a una derrota militar. Cosa distinta es que no bastan las armas. Es posible competir con la economía de la coca, arrebatarle sus bases campesinas, recuperar la población que es el oxígeno de la guerrilla.

Y en lo político, ya están derrotadas salvas las voces minoritarias que todavía orbitan a su alrededor.

Y la otra premisa es también equivocada: la carta de Timochenko no modifica la esencia de la postura de las Farc. Lo que él visualiza es una mesa en la que ellos representan el proletariado y el Gobierno representa la oligarquía. Una mesa en la que la única “legitimidad” que ostentan las Farc es la “legitimidad” de las armas. Una mesa de partos de la nueva sociedad en la que las Farc manejan los fórceps. Es una vieja ilusión, un rezago de los años sesenta que no toma en cuenta que ahora es la propia sociedad la que anhela e impulsa los cambios. Y los logra.

Pero hombre, me dijo alguien. ¿Eso no fue lo mismo que hizo Gaviria con el M-19? Pues no. El M-19 aceptó un procedimiento democrático para discutir allí las reformas: una constituyente. La abundante representación del M-19, aliado a su vez con otros grupos, se logró mediante el voto limpio.

No es que no se pueda hablar nada con las Farc. Diálogo sí, pero no para refundar la patria con el cañón del fusil en la sien. Diálogo para buscar la terminación del conflicto. Y si las Farc quieren mecanismos para hacer política, santo y bueno. Incluso mediante la implantación de mecanismos creativos que les garanticen participación por fuera de sus votos.

Pero sin armas y sin secuestros. Ya. De manera unilateral. No hay disculpa.

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