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Hay avisos en radio y televisión que generan inquietudes.
El Partido Liberal se viene apropiando como obra suya de la Constitución de 1991. Es indiscutible el papel de liderazgo supremo de César Gaviria. Pero las cuñas de televisión que acaparan para ese partido la Carta Política no solo traicionan la verdad histórica, sino que contradicen una de las cualidades que el propio liberalismo le ha atribuido inveteradamente a ese cuerpo normativo. En efecto, desde su origen, hemos pregonado que esa Constitución fue fruto de consensos memorables. Que, a diferencia de otras, no fue una “carta de batalla” como las anteriores. Borrar el papel jugado por Navarro y Gómez, al lado de Serpa, para solo hablar de los presidentes, no solo es jugarreta truculenta, sino que constituye un típico tiro en el pie. Lo recordó muy bien Catalina Botero hace poco cuando desaconsejó la idea de abrirle paso a una constituyente como respuesta a la insatisfacción que se ha venido manifestando en las calles. Lo mismo puede decirse de la tutela. Jugó papel estelar Manuel José Cepeda, pero fue obra colectiva. Enhorabuena. Porque ese carácter consensual le ha permitido mantenerse como un gran logro en materia de acceso a la justicia.
Proliferan también cuñas sobre la corrupción totalmente equivocadas. Es claro que el caso de los colados en Transmilenio, mirado en gran volumen, es muy nocivo para el sistema. Pero en el caso individual, hay clara desproporción al asimilar ese fenómeno a un caso de corrupción. No es algo para aplaudir, pero las motivaciones son varias, entre ellas la falta de recursos de personas pobres. Esa desproporción en el mensaje termina banalizando la noción de corrupción. Lo mismo ocurre con el aviso en el que se dice que los niños que practican la copialina son corruptos. Es una exageración enorme. La noción de corrupción se vuelve parte del paisaje. La sanción social para ella se debilita. Es un error perder la dimensión de las conductas dignas de reproche.
Otro aspecto que se ha salido de madre: los gobiernos tienen el derecho de defender su obra. Pero ahora la televisión está inundada de franca publicidad. Ya no solo el Gobierno Nacional, sino varios gobernantes regionales que abarrotan las emisiones con mensajes que nada envidiarían a los arcos triunfales de los emperadores. ¿Cuánto cuesta eso? ¿Quién paga? ¿Pagamos nosotros con nuestros impuestos? Desde Alberto Lleras habíamos quedado en que estaba prohibida la publicidad oficial. Una cosa es brindar información y otra muy distinta franca propaganda.
También hubo una ley que prohibía la aparición de niños en avisos comerciales. ¿Qué pasó? ¿No vale la pena pensarlo de nuevo?
Ya desde un ángulo menos formal, no he podido entender que una señora en medio de un trancón añore un laxante. ¿No sería al revés, señor creativo? O el aviso de un medicamento contra la alergia que, en vez de recomendar apartarse de los alérgenos, recomienda tomarse la pepa y, a la vez, acariciar el gatico. Lo mismo que el aviso que muestra a un ciudadano que se atraca de todo tipo de porquerías pantagruélicas y luego se toma su antiácido. Cuerpo médico: ¿no les parece una exhortación indebida?
Y la peor: ¿Qué insinúa la cuña sobre la arena para el popó del gato, cuando la modelo invita con una gran sonrisa al televidente y dice: “Pruébala tú también”? Mejores propuestas me han hecho.