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EN LA DISYUNTIVA ELECTORAL DE hoy escojo a Santos porque tiene una visión más completa del Estado, mantiene a fondo la política de seguridad democrática, posee experiencia y tiene un sentido de modernización del Estado más adecuado al momento actual.
Mockus ha desempeñado una tarea brillante y ha recogido millones de votos con un mensaje ético que no se puede minimizar. Su tarea primordial es lograr que del mensaje se pase a la organización perdurable, para evitar que este paso audaz por la política nacional se convierta en un pasajero algodón de azúcar, atractivo dulce que se deshace al primer contacto.
El que Santos busque un gobierno de unidad obedece a dos líneas. En primer lugar, de manera explícita, la Constituyente quiso que la segunda vuelta fuera una oportunidad para ampliar la base de apoyo en la cabeza del triunfador. No quiso ese cuerpo más gobiernos en manos de la mayor minoría. De modo que Santos, al buscar apoyos, sólo está cumpliendo el mandato claro de la Constitución. Por otro lado, después de tantos meses de diatriba permanente desde la Casa de Nariño, es un alivio pensar que alguien desee hablar y, si es posible, concertar con otras fuerzas políticas.
Sus contrincantes ven en esto una manguala clientelista. Es un juicio precipitado. Hay que ver cómo manejaría Santos un compromiso de este tenor. Pero hay que reconocer que el peligro existe, que este modo de gobernar es un caldo de cultivo para el tejemaneje que tanto repugna a millones de colombianos. Santos debe ser consciente de ello y evitar que de la gran alianza se pase a la política del menudeo. No es ya imposible. De hecho, muchos de los votantes de Mockus lo fueron en 2002 por las banderas contra la poliltiquería de Uribe, y éste logró un manejo razonable de la política antes del ataque del virus de la reelección permanente.
Ha anunciado Santos entendimiento con las otras ramas del poder. Es algo necesario. En especial, la justicia se ha visto vapuleada desde la Presidencia de manera inaceptable. Algo más grave: muchos creyeron que se trataba apenas de desaguisados presidenciales de carácter esporádico. La última columna de José Obdulio muestra todo lo contrario. Se trata de una política, inspirada nada menos que en el señor Berlusconi. El campeón del machismo, el jefe de la mordaza, quien ha impulsado los más descabellados proyectos constitucionales para instaurar la completa impunidad presidencial es ahora el portaestandarte y ejemplo para esta Colombia en la que la justicia se ve asediada por los cuatro puntos de la rosa de los vientos. Y todo ello, según la dupla José Obdulio-Berlusconi, con fundamento en un solo argumento: que el jefe del gobierno es popular.
Creo que Santos promete algunas dosis saludables de continuismo. Pero no puede limitarse a eso. Creo que debe encabezar una seria rectificación, que incluye la valoración del papel de la oposición y la auténtica reconstrucción de los partidos para lograr esa transparencia en la política que es el lema clamoroso de millones de mockusianos.
La disyuntiva para Santos es si limita su papel a un simple triunfo electoral, que seguramente conseguirá hoy, o si, por el contrario, decide buscar afanosamente un verdadero triunfo político indeleble.