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El pasado en presente

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Aunque la renuncia de Fidel Castro no ha causado propiamente un cataclismo —a pocos toma por sorpresa—, constituye un hito histórico. No sólo porque pone fin a la carrera de Fidel, al menos en cuanto a sus tareas oficiales, sino porque deja sin piso una vieja predicción: siempre se dijo que Castro saldría con los pies para adelante. No ha sido así. Si no fuera por los 48 años de mano dura y por la catadura de quien lo sucede, hasta podría uno hacerse la ilusión de que estamos en presencia de un tradicional cambio de mando, como el que sucede en cualquier país occidental.

Un elemento decepcionante es que con la asunción de Raúl se mata toda ilusión de cambios rápidos en la sociedad cubana. Fidel le ha dado la bienvenida al pasado. Si su retiro voluntario, como dijimos, crea la ilusión de que algo se mueve, la escogencia de Raúl va más allá de toda la imaginación que impregna la novelística latinoamericana que ha dibujado varias veces, de manera patética, a caudillos decrépitos que terminan sus días en los laberintos de un poder congelado, presos de memorias borrosas que se confunden con la realidad. Fidel ha incurrido, como las amebas, en una operación de carioquinesis: se sucede a sí mismo como la célula que se divide para dar nacimiento a otra genéticamente igual, sólo que con algunos años menos y unas crueldades más.

Pero nada en política es verdaderamente lineal. Ese oscuro panorama deja, sin embargo, un damnificado bastante visible. Un caso de daño colateral. Hugo Chávez venía preparándose para suceder a Fidel en el liderazgo de la izquierda latinoamericana. Para eso, era necesario un gobierno de baja intensidad en Cuba, que trasladara mansamente los trastos de matar al presidente venezolano. No ha ocurrido así. El que Raúl sea un clon de Fidel, le da una estatura indiscutible. La prolongación del régimen en Cuba pone a Chávez en el invernadero. Además, ya se sabe que mientras entre Fidel y Chávez había una relación bastante estrecha, Raúl, como lo dijo un serio periodista cubano, le aplica a Chávez el refrán de juntos pero no revueltos.

En cambio (¡sigue la paradoja!), la estabilidad en Cuba es un buen punto para Colombia. En efecto, luego del restablecimiento de relaciones con la Isla, Fidel ha sido un verdadero aliado de Colombia en varios temas, relacionados con nuestro conflicto. Ayudó con César Gaviria, ayudó con Pastrana y sigue ayudando ahora.

Por su lado, el delfín que por ahora sigue a la espera, Carlos Lage, también mantiene relaciones positivas con Colombia, sin demérito de las posiciones ideológicas de cada uno de los gobiernos. Conocí a Lage en Cuba y luego vino a Colombia. Ambos ostentábamos la condición de vicepresidentes de nuestros respectivos gobiernos.

Lage mantiene intacta la ortodoxia del régimen. Pero aún así, es un hombre moderno, consciente de los cambios que han operado en el mundo y con mente suficientemente abierta. En cuanto al conflicto colombiano, tengo la impresión de que algunos de los métodos tortuosos de la guerrilla no le merecen aprobación revolucionaria.

Castro no se va, simplemente se aparta. Sea lo que sea, su retiro es un hecho que, aún sin consecuencias prácticas visibles, marca toda una etapa en la historia de América.

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