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FATIGADO DE POLÍTICA Y PIRÁMIdes, quiero contarles que ballenas, tortugas y delfines están siendo afectados por el incremento del nivel de ruido en las profundidades del océano, a consecuencia del aumento de buques, explotaciones petroleras y maniobras militares.
Decenas de ballenas han muerto varadas en las costas de Australia por la desorientación sonora, como lo ha denunciado Mark Simmons, de la Sociedad de Conservación en el seno de una conferencia de la ONU. Algunos dicen que se trata de un caso de suicidio colectivo, desesperados los pobres cetáceos por el bullicio imperante.
Acá, en Bogotá, la situación es insufrible por cuenta del abuso de dueños de sitios de diversión. Revela la Personería que la cantidad de denuncias ha crecido de manera exponencial. De 856 de 2002, ahora vamos en casi 8.000. Frente a esto, las autoridades lucen impotentes. Como dijo la concejal Lariza Pizano, la inexistencia del Estado no se da sólo en las fronteras. Aquí, en Bogotá, clanes y mafias de variado pelambre desafían exitosamente al Estado. Dueños de comercios burlan la ley impunemente, acuden a todo tipo de triquiñuelas y nadie es capaz de parar una oleada sonora que arriesga con enloquecernos a todos. Más grave que la buenaventura de los tímpanos es la secuela del desprecio a la ley.
En España, la salerosa, (no hablo de Dinamarca) acaba de ocurrir un hecho histórico. Dionisio Mestre, como cualquier empresario bogotano del ruido, le mamó gallo durante meses a las autoridades de Barcelona. Pues fue condenado por el delito de contaminación acústica. En noviembre pasado ingresó a la prisión de Brians a pagar 4 años de prisión. Además, tendrá que indemnizar severamente a sus vecinos por el estado de depresión en que los sumió. La sentencia fue confirmada por el Tribunal Supremo con ponencia del prestigioso jurista Enrique Bacigalupo. Es una justa reacción del auténtico estado de derecho contra quienes afectan gravemente a sus vecinos, burlan a la autoridad y basan su autoestima en la idea narcisista de que son más vivos y más audaces que los demás. La cultura del atajo. ¡Buena esa, España! Una cosa es la pachanga razonable y otra la conducta abusiva que destruye la tranquilidad de los demás.
Al aumento del ruido en Bogotá, se suma la degradación del mismo. Hace diez años el Liceo de Cervantes de la 82 comenzaba en la madrugada sus tareas académicas con megáfono a bordo. Los vecinos entendían que era algo inevitable: el rezo de la misa, las arengas disciplinarias. Pero hoy, cada vez con mayor frecuencia, los someten a ruidosos aquelarres roqueros y a no menos bulliciosas tenidas vallenatas. ¿A qué horas estudiarán esos muchachos? ¿Cambiaron el colegio por una academia musical sin darnos cuenta?
Un juez de Colorado, Paul Sacco, ha tenido una iniciativa original. Condenó a varios muchachos que mantenían despiertos a sus vecinos a la siguiente pena: escuchar todos los días, a gran volumen, una hora diaria de música que detestan. El juez dictó el menú musical, comenzando por Barry Manilow y terminando en el dinosaurio Barney.
Gran idea. Propongo que los escandalosos tengan que oír En Víspera de Año Nuevo de aquí al 31 de diciembre.