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Facebook, destape universal

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A NADIE SORPRENDE QUE CIRCULEN fotos de Berlusconi en pelota. La intimidad parece ser cosa del pasado. Facebook es ahora un espacio abierto en el que se cuelgan todas las intimidades sin parpadear.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué la celosa intimidad de hace apenas 50 años ha cedido a las redes sociales?

Hasta hace muy poco, el hecho cultural central era la internet. Un territorio agreste, de todos y de nadie. El individuo enfrentado al universo. Apoteosis de la masificación anunciada sagazmente por Ortega y Gasset, era trasunto a la vez de un mundo en el que cada individuo había marcado sus barreras infranqueables. Pero después vino Facebook, con toda su carga de exhibicionismo impúdico. La gente cuelga fotos de la suegra, de sus prendas íntimas, de su cumpleaños y de infinidad de ridiculeces inverosímiles. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué nos movimos de la introversión rebelde que empieza en los años sesentas, hacia esta obscena ostentación? Sin embargo, hay que afinar el análisis. El Facebook lo que ha logrado es crear un enjambre de islas de sinceridad, que se rozan unas con otras, pero que tampoco derogan totalmente la masificación que imperó en el siglo pasado. Las generaciones de ayer se diluyeron en la masa. Y como reacción, los jóvenes de hoy luchan desesperadamente por una identidad, así sólo se reconozca en el ámbito de pequeñas tribus que de todos modos son compañía en medio de la soledad urbana del siglo 21. Facebook es la lucha por recuperar el ser fragmentado. No importa el ridículo. No importa revelar el desengaño amoroso, la ruptura sentimental, la disfunción eréctil, la falta de plata, la pérdida del empleo o el labio leporino. Todo esto que estaba vedado a la masa anónima, recupera ahora sentido como respuesta a ese ahogamiento colectivo de la raza humana.

Pero un efecto colateral adverso es que esa deliciosa perversión que ha sido el voyeurismo, ahora carece de interés. Si todo se sabe en Facebook, ¿qué emoción despierta husmear en intimidades que ahora son públicas? De adolescentes, la visión fugaz de unos panties podía ser apoteósica. ¿Ahora a quién le importa, cuando miles de churros se pelean por salir en pelota en SoHo? La declinación del voyeurismo es, además, un gran fracaso para algunas profesiones. En primer lugar, el periodismo. Fisgonear es la esencia del periodista. Ahora carece de gracias. Luego, los historiadores. Si los amores delictuosos del Imperio Romano eran material precioso, ¿qué hacer con las flagrantes aficiones eróticas de Berlusconi? Ni hablar de los terapeutas sexuales. Y, si algo faltara, viene Wikileaks a destruir el último de los secretos bien guardados: la diplomacia. Lo asombroso de Wikileaks es que todo lo que allí se dice, era más o menos conocido o presentido. Lo que presagiaba grandes revelaciones, ahora es apenas un escorzo superfluo en medio de toneladas de información.

Lo cual demuestra simplemente que la edad del secreto ya pasó. Y que Facebook es apenas la manifestación tecnológica de un exhibicionismo que se ha apoderado de todos.

Nada importa Berlusconi en bola. Ni conmueven las revelaciones del fiscal Valencia Cossio sobre sus hazañas de catre. Qué tristeza: la muerte de Lady Di huyendo de unos paparazzi es apenas un melancólico anacronismo.

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