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Grupo Sainville, caminos de la reconciliación

Humberto de la Calle
14 de noviembre de 2009 – 11:00 p. m.

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CONOCÍ A MONSEÑOR NEL BELTRÁN por allá a principios de los años 90. Él pastoreaba almas y yo lidiaba congresistas cumpliendo la desagradecida tarea que impone ser ministro de Gobierno.

Monseñor Beltrán estaba empeñado en lograr la paz para Colombia en momentos en que arreció a fondo el ataque de la guerrilla. Encontré en él un interlocutor atento, un consejero de primera línea, un conocedor a fondo de los problemas de la reconciliación y alguien absolutamente respetuoso y consciente de los fueros del Estado.

Volví a topar con Monseñor hace algunos meses. Un grupo de ciudadanos, cuyo sello es la diversidad, se reunió para repensar la situación del país y buscar caminos que conduzcan a una reconciliación íntegra y sostenible.

Es claro que entre quienes formamos ese grupo hay opiniones diversas. Y, en algunos puntos, divergentes. Pero lo impactante es el esfuerzo leal para compartir una visión y diseñar un objetivo que pasa por la configuración de una democracia moderna, un Estado transparente, un escenario donde se respeten los derechos y se genera un clima de auténtica tolerancia e igualdad.

Ahora que está de moda atacar la Constitución del 91 tomando como pie algunos defectos funcionales que sin duda tiene, es reconfortante encontrar colombianos de buena fe que creen en lo que fue y no ha dejado de ser la verdadera esencia del proceso constituyente del 91. Tras intensas deliberaciones se logró acordar un documento que, aunque breve, es denso y profundo, alumbra ideas y, sobre todo, muestra una posible senda para el reencuentro superando las violencias cruzadas que agobian esta tierra.

Escrito sin propósito proselitista alguno, las tres grandes rutas para la reconciliación pasan por la recuperación del espíritu público y la ética de la política, promoviendo una ciudadanía activa, pluralista, deliberante, comprometida con la participación ciudadana. En segundo término delinea un modelo económico para superar la pobreza y alcanzar la igualdad social. Y, por fin, brinda claves para la consecución de la paz, reconociendo el fracaso de la guerrilla, así como también del paramilitarismo. Agrega que “el fin de la guerra debe tener un sentido de urgencia, así como lo debe tener el respeto por los derechos humanos y el derecho internacional humanitario”. El documento se ocupa de la necesidad de renunciar a la violencia, de robustecer una Fuerza Pública democrática, de establecer la verdad y de reforzar con nuevos mecanismos la satisfacción de los derechos de las víctimas.

El párrafo final, de estupenda factura, dice algo inspirado y ajeno a pequeñeces de coyuntura:

“Es fundamental hacer la paz primero con los pacíficos reconciliándonos con la Colombia marginada y sufrida. Es igualmente importante profundizar la democracia para nosotros y para nuestros hijos, dejando la puerta abierta a los violentos para que se sumen a este proyecto de país, siempre y cuando abandonen las armas. Debemos emprender reformas estructurales que creen las condiciones para que la justicia, la equidad y la solidaridad entre los colombianos sean posibles. Para eso debemos construir los sujetos políticos que tengan la independencia, la voluntad y el sentido ético necesarios para echarse al hombro semejante tarea”.

Más que un documento, es un propósito.

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