La retirada

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Este presidente Duque es un tipo suertudo. No terminará de agradecer al partido Cambio Radical su decisión de rechazar las objeciones a la ley de la JEP. Puede ser la estocada a muerte de esa jugada del Gobierno.

Y digo que ha sido una fortuna para el doctor Duque, porque esto le permite zafarse de los radicales de su partido liquidando una confrontación que, como diría León de Greiff, de todos modos la llevaba perdida. En su momento podrá decir: el Congreso, máximo depositario de la soberanía, ha hablado. Como soy un demócrata me inclino ante sus decisiones y procedo a sancionar intacta la Ley Estatutaria.

Porque otro escenario es macabro: aunque Duque, todo hay que decirlo, una vez se desató la tormenta dijo que él iba solo contra seis articulitos, ya dignatarios inefables del Senado habían dicho que si el Congreso se paralizaba, se hundía toda la ley. “Se archiva”, dijo el secretario. De paso, toca reconocer, eso es lo que dice el reglamento del Congreso. Por fortuna, la Corte moderó luego ese texto. Por su parte, la Constitucional, en sabia decisión, dijo: peleen ustedes los políticos, pero yo tengo la última palabra. Incluso para desarchivar el proyecto si fuese archivado, siguiendo el designio del secretario. ¿Quién puede imaginar este megachoque de trenes? Mejor dicho, Duque sale como un príncipe.

Pero hay un tercer escenario, querido presidente: la retirada hace parte del arte militar. Para matizar la derrota sufrida por el Gobierno, como quien dice para tirar la toalla antes del knockout, el presidente, en gran gesto, debería retirar las objeciones en un acto de realismo. Es un camino para bajar la tensión y purificar el aire contaminado de la política.

Está claro que la derrota del Gobierno es inevitable. Está claro que fue autoinfligida. Un tiro en el pie. Está claro, perdón la inmodestia, que esto lo predije en escrito jocoso imaginando que en noviembre Duque firmaría. Parece que será antes. Creo que Duque no quería meterse en este berenjenal, como lo dijo en sus primeras reacciones. Un laberinto sin hilo de Ariadna. Con serias repercusiones internacionales.

O se caen las paredes del laberinto. O Duque se las salta. Pero en todo caso se libera.

Sancocho de codas: 1. Superficialidad a tutiplén. Dicen por radio que si Duque ganó, pues ¿por qué no puede objetar? Pero ganar en un Estado de derecho no es arrasar. 2. Y que ¿por qué se atraviesa la Corte? El presidente del Senado dice que un poder no se le puede atravesar a otro. ¿Cómo? La Corte Constitucional es el árbitro, es la voz final de la Constitución. 3. Luego, sobre la minga, según RCN, un alto funcionario de Palacio dice que el Gobierno “desautoriza” a congresistas que viajaron al Cauca. ¿En serio? ¿Me estás mamando gallo? ¿Necesita un congresista autorización para hablar con las comunidades? 4. Ojo. Van dos decisiones unánimes de la Constitucional. Entre ellas, la de las objeciones. 5. Condenado Monsanto por el glifosato. ¿No es mejor la precaución? 6. Plinio dice que hay una conspiración de izquierda. Hombre, maestro. Claro que la política busca el poder. Pero si volvemos al argumento cerrero de que todo es comunismo y solo comunismo, terminamos haciéndole el juego a la izquierda radical. No olvidar el índice Gini, querido Plinio.

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