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La utopía iracunda

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Para rematar el año, Enrique Krauze se ha venido con un llamativo estudio sobre íconos latinoamericanos (Redentores, Ideas y Poder en Latinoamérica).

En el entramado de hilos explicativos de nuestra región, el más llamativo es el recuento de cierta vena iracunda que ha propuesto la utopía del nuevo hombre latinoamericano por el camino del antiimperalismo vociferante y el heroísmo grandilocuente, ingenuo y delirante. Mariátegui, Vasconcelos, Martí, el Che, Evita, el subcomandante Marcos y Chávez desfilan por allí.

La pregunta es: ¿por qué Colombia se mantuvo por fuera de ese desfile?

Primera respuesta: como el poder ha estado en manos de repúblicos moderados, capaces de ir soltando pedacitos de poder en función de las circunstancias, este juego astuto impidió la formación de la masa crítica de la iracundia. Carlos E. Restrepo, Olaya, los López, los Lleras, Belisario, administraron el conflicto a cuentagotas. Y en el siglo XIX, una colonia que se resistía a morir, se solazaba en disputas gramaticales y soporíferas.

En segundo lugar, sólo Gaitán anduvo por allí. Pero murió y desapareció el molde. Ninguno de quienes se inspiraron en él logró cristalizar su discurso.

Pero, y esta es quizá la explicación más certera, la guerrilla, que pudo haber conquistado esa utopía heroica, se detuvo en un discurso demasiado cotidiano (las gallinas y los marranos de Marulanda) y demasiado impostado (la jerga stalinista), mientras se empeñaba cada vez más en atacar a la sociedad civil, acudir sin pudor al secuestro y darse el lujo de las minas quiebrapatas, mientras la izquierda urbana y universitaria fue incapaz de deshacerse de la maraña inaudita creada por la combinación de formas de lucha. Después, la asociación con el narco, aunque supuestamente basada en necesidades tácticas, terminó de arruinarla. ¿Pudo haber sido Camilo Torres? Quizá. Pero fracasó sometido a la torpe virulencia de los Vásquez Castaño. La gran responsabilidad histórica de la izquierda intelectual son el silencio y el acomodamiento. Suárez, el estudiante más brillante de la Universidad de Caldas, murió bajo el mando del M-19 en la ventura de la toma por el Chocó. Pero no murió por las balas. Murió por el mosquito.

Porque del otro lado tampoco el Ejército, brazo armado del establecimiento, mostró ferocidad comparable a la de algunos de nuestros vecinos. No es allí donde está la respuesta. Más bien, incluso, la debilidad crónica del Estado fue más eficaz en la creación de las terribles autodefensas que la propia actitud complaciente de los uniformados.

No hay tal que seamos más demócratas que el entorno, ni mejor formados ni más cultos. Si Bogotá es la Atenas Suramericana, toma su título de la actual debacle helénica, no de su pasado glorioso. Es Atenas por su envilecimiento y su degradación, no por la gloria del pensamiento.

Por fortuna escapamos a la utopía transfigurada. Por fortuna nos mantuvimos en la molicie mediocre de una democracia más o menos de papel. Esperemos que, ya que hemos llegado hasta aquí, continuemos la línea humilde y aburrida de la democracia, las elecciones, la separación de poderes y el control al poder, y que no nos aparezcan vocaciones tardías de caudillismo intolerante y estridente.

¡Cuidado!

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