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Legítima defensa o impotencia

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COMO LA COOPERACIÓN INTERnacional contra el terrorismo, que es obligatoria, ha fallado en otras ocasiones, el ministro Santos ha planteado la cuestión de la legítima defensa.

No se trata, como dijeron algunos, de la tesis de la legítima defensa preventiva que agitaron los Estados Unidos con Bush. Este es un caso típico de legítima defensa por cuanto es evidente que los dos grupos mencionados, siguiendo instrucciones de sus comandantes, vienen afectando gravemente a la población civil colombiana.

Dejando de lado la hojarasca que produjeron las declaraciones del Ministro y aceptando que pudieron ser innecesarias, la verdad es que Colombia no debe renunciar a mantener la vigencia de esa tesis. No para que Colombia vaya permanentemente a buscar camorra en territorio extranjero. Pero en ciertas circunstancias excepcionales, deberíamos dejar espacio para actuar cuando las circunstancias lo hagan imperativo. Lo que sería inadmisible, en ausencia de cooperación efectiva, es que se obligue a Colombia a ser un observador impotente. O que se le exija llamar a gobiernos vecinos, cuando fundadamente se tema que esto provoque la huida de los terroristas. Una cosa es ser respetuoso del derecho y otra actuar tontamente. Casi nadie duda de que si Uribe hubiera llamado a Correa hace un año, Reyes hubiera escapado. El caso Chauvín así lo sugiere.

Sé que esta tesis genera inmensas dificultades a la luz del concepto de soberanía y el principio de no intervención. Pero tampoco es tan exótica como se la quiere hacer aparecer. La Carta de las Naciones Unidas consagra el derecho inmanente a la legítima defensa individual o colectiva.

Pero más allá del derecho internacional, la tesis tiene profundo asidero ético: ¿Pueden convertirse las fronteras en mecanismo para burlar las obligaciones esenciales de todos los Estados civilizados en orden a defender la vida y la integridad de sus pobladores? ¿No sería un acto digno de condena, limitar deliberadamente la capacidad de respuesta de Colombia, frente a un severo fenómeno terrorista que no padecen por cierto nuestros vecinos? ¿No sería este un grave crimen de omisión?

Entre tanto, lo recomendable es seguir acudiendo a la diplomacia. Pero los canales ordinarios han mostrado su inefectividad. Cuando haya pruebas consolidadas de la presencia de estos grupos en el vecindario, Colombia debería convocar una reunión ad hoc de cancilleres, que podría ser más efectiva que la cansada retórica del Consejo Permanente. Y no olvidar el viejo Tratado de Asistencia Recíproca, del cual son parte nuestros vecinos y que tiene más dientes y obligaciones claramente vinculantes. El 11 de septiembre fue usado por primera vez para ese caso de terrorismo, a petición de Brasil, con base en el artículo 6, que no habla, como había sido tradicional, de ataques de Estados por fuera del continente —la URSS— sino de “cualquier otro hecho o situación que pueda poner en peligro la paz de América”.

Sé que para la izquierda hablar del TIAR es como hablar del demonio, gracias a que con él se suspendió a Cuba en el sistema interamericano. Pero luego del 11 de septiembre, el TIAR tiene vestido nuevo. Tengámoslo en mente.

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