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Más allá de Luis Santiago

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NO VOY A REPETIR EL LAMENTO por su muerte. No hay palabras.

Pero sí hay reflexiones adicionales. Muy buena parte de la retórica de estos días, implica una grave confusión: hay que distinguir entre hechos atroces de corte sicopático, de la criminalidad que se desprende de situaciones de miseria y de deterioro social. Casos que caben dentro del primer renglón, ocurren en todo el mundo. Y no se relacionan con la pobreza. Los hemos visto recientemente en Gran Bretaña, Austria, Estados Unidos.

La idea de que ese suceso doloroso es indicativo de una cierta culpa colectiva es equivocada. Puede que haya culpa colectiva en la miseria, la desnutrición, la iniquidad, la exclusión y la violencia contra los niños. Pero enmarcar aquí un hecho patológico más bien tiende a generar un desvanecimiento de la responsabilidad individual. Esos lamentos generales deben ser atacados con medidas que en buena parte se salen del campo penal.

Esos ejercicios sociológicos caen en tierra abonada: hay una gran dualidad en nuestra sociedad, que oscila espasmódicamente entre la misericordia y la venganza. Mientras el abuelo del niño hablaba de perdón, el pueblo quería un linchamiento. Y la pena de muerte es la versión refinada del linchamiento. Cada víctima dice que el asunto queda en manos de la justicia divina.

Ese escape a la divinidad muestra la falta de persistencia de la sociedad en un régimen racional de responsabilidad. Penas severas que luego se transforman en rebajas cuantiosas. El síndrome de la carrera décima. Como se trata de reacciones coyunturales, se pierde la coherencia en el sistema de penas. Se castigan más severamente conductas que generan reacciones masivas mientras quedan en el olvido delitos mucho más graves pero con menos sex appeal mediático.

Una muestra adicional es el fetichismo legal. La república gramatical que convierte cada problema en un inciso.

Por fin, la televisión se volcó en vivo y en directo a cubrir el más mínimo detalle. Seguramente con la idea de servir a la causa de la justicia. Pero hubo excesos. La tía corriendo a mirar el cadáver. Varios policías detrás que difícilmente le seguían el paso. Los desmayos. La madre hospitalizada. La transmisión en directo de las conversaciones del padre Alirio con la impostora. Si no fuera por la tragedia, estas escenas clasificarían para una película de Buñuel. Un voyeurismo televisivo inaceptable. Al final, la madre agradeció a los medios pero tuvo que pedir respeto a su intimidad. ¡Y la salvaje publicación del cadáver en internet!

Es la hora de comenzar discusiones reposadas. La cadena perpetua no debería concebirse como un elemento de venganza, sino como un instrumento para evitar la reincidencia, propia de esta clase de delitos. En el abuso sexual, Polonia, con el visto bueno de la Iglesia, ha dado el paso a la castración química. Hay que debatir eso. Y los medios, persistir en la construcción de un sentido profundo de responsabilidad por fuera del vaivén epiléptico de una sociedad acongojada.

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