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VA UN ACERTIJO:
Ciudad enorme, sobrepasa los 8 millones y es una de las grandes urbes todavía sin Metro. Es tal el embotellamiento que un viaje puede tomar más de una hora, a veces dos. Ya es rutina que muchos lleguen tarde al trabajo con la excusa consabida: “Me agarró el trancón”. Una autopista colapsó recientemente. Hace años hay estudios de movilidad. Su ejecución es lenta. El tráfico se mueve a unos 8 kph y tiende a empeorar, ya que el número de vehículos crece de manera geométrica. Y el de motocicletas se esparce como verdolaga en playa y, de paso, el aumento de los accidentes es un verdadero problema de salud pública. Se estima que esta ciudad pierde más de 3.000 millones de dólares al año a causa del colapso del transporte. Una importante autoridad propuso recientemente un plan para superar el problema, el cual comprende el cobro de peajes urbanos mediante sistemas electrónicos, aumento del valor de los parqueaderos y destinación de más carriles para la vetusta flota de buses, único transporte masivo de la ciudad. Por fin: La imagen de las autoridades ha caído al 40%.
Adivina, adivinador. Pues no es Bogotá. Me refiero a Yakarta, la capital de Indonesia.
En verdad, la única diferencia sustancial con lo que aquí nos pasa es que dada la forma como está organizado el gobierno, la mayor responsabilidad recae en el presidente Susilo B. Yudhoyono. Algo semejante ocurrió en Chile, donde la reciente crisis desatada por la puesta en marcha del sistema integrado tumbó ministros y puso en aprietos a la mismísima señora Bachelet. Por cierto, el Presidente de Indonesia, agobiado por la situación, resolvió pasarle la papa caliente al vicepresidente Boediono.
Es tan fastidiosa la situación que la última idea puesta sobre el tapete suena bastante desesperada: mover la capital de Yakarta y pasarla a la provincia. Aunque el costo inicial es alto, se estima que esto le quitaría presión a la capital y disminuiría el apremio sobre ella, al separar el volumen de actividad por ser el epicentro administrativo y su fuerte posición en el campo de los negocios y las inversiones.
Ya ve usted. Podría ser. A Brasil al final no le ha ido mal con Brasilia. Y si movemos la capital a Barranquilla, nos quitamos de encima la idea del estrambótico y flamante parlamento Caribe con todo y su burocracia. Mejor que los manzanillos y lagartos se trasladen allí.
Eso sí: la otra parte de la solución, ni de fundas. Dejemos a Samuel encartado con el asunto. No se les vaya a ocurrir meter al buen Angelino en ese berenjenal.
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En esta columna defendimos a Samper Ospina, a SoHo y a Fernando Vallejo. Mostramos solidaridad con Alfredo Molano. Con igual línea de conducta, siguiendo el camino de la coherencia en defensa de la libertad de expresión, manifiesto preocupación por la imputación de cargos a José Obdulio Gaviria. Se le atribuye una supuesta calumnia a algunos sindicatos que simpatizaron con un documento que favorece a las Farc. José Obdulio, en ejercicio de su derecho a opinar, consideró que esta actuación constituía una desviación política. Si, como se dice, no hubo alteración de los hechos, su opinión no puede ser penalizada. Los denunciantes deberían recordar al juez Holmes: “La libertad de pensamiento no es para los que piensan como uno, sino para aquel pensamiento que nosotros odiamos”.