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LA BARAHÚNDA NOTICIOSA IMPIdió siquiera un instante de reflexión sobre la propuesta formulada por el presidente Uribe de perdonar a los secuestradores de la guerrilla, incluido el Secretariado de las Farc.
Sólo unos pocos se preocuparon por la separación de poderes, pero ni siquiera se supo si la propuesta presidencial implicaba una actuación de la justicia o si se refería al desnudo y antiguo poder presidencial de perdonar.
Hay una sincronía que es a la vez filosófica, política y práctica, entre la potestad de castigar y otra no menos importante: la potestad de perdonar. Castigo y perdón son dos caras de una misma moneda. Quien perdona reafirma tácitamente su derecho a castigar.
El Viejo Testamento muestra un Dios vengativo pero, a la vez, misericordioso: Caín sólo fue sometido al ostracismo en la tierra de Nod. El Código de Hammurabi hablaba de mutilaciones y otras penas terribles, pero en el fondo, con toda su crueldad, realmente lo que se buscaba era ponerle límites legales a la venganza privada. Grecia no tenía un equivalente de la palabra “perdón”, sino que acudía a la noción de “olvido” que es la base semántica de la expresión “amnistía”. Allí aparece un elemento nuevo: la incidencia de lo que hoy se llamaría la opinión pública: para tramitar la amnistía se requería el apoyo de 6.000 firmas, algo semejante a lo que se repite luego cuando Pilatos pregunta al pueblo si quería el perdón de Barrabás o de Jesús.
En Inglaterra, hacia el Siglo VII, el poder de perdonar que venía siendo exclusivo de la Corona, empieza a ser compartido con los earls en cada uno de sus dominios territoriales.
La Iglesia Católica introdujo el dinero como la llave del perdón eterno mediante la venta de indulgencias.
La revolución francesa excluyó durante un tiempo el perdón por considerar que era inconsistente con la ley como expresión de la voluntad general. Se dio también inicio a la discusión del perdón frente a la separación de poderes.
Entre tanto, el camino escogido por los Estados Unidos se basó en el pragmatismo. La Constitución norteamericana, a instancias de Hamilton y Madison, confió al Presidente la concesión del perdón, potestad que ha dado lugar a no pocos escándalos.
El perdón ha sido una constante en los conflictos armados en Colombia. Hemos tenido clásicas amnistías, perdón para delitos comunes por la llegada del Papa o celebraciones diversas, canjes de prisioneros y algo bastante audaz: el perdón como recompensa por el cambio de bando. Después de la batalla de Ayacucho, Sucre ofreció a los españoles el ingreso al ejército peruano con iguales grados.
Rojas Pinilla y Alberto Lleras ofrecieron amnistía a los chulavitas y a la contrachusma. Éste último, ante críticas semejantes a la que despierta hoy la idea de cobijar con sedición a los paramilitares, por boca de su ministro, Germán Zea, dijo: “El Gobierno no quiso hacer amnistía, nosotros tomamos una medida de orden público. En la amnistía hay perdón definitivo y aquí no hay perdón definitivo.”.
Nada nuevo bajo el sol.
Que estas épocas navideñas permitan reflexionar serenamente sobre la propuesta de Uribe.