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Regresa Mike Tyson

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CUANDO EL BOXEADOR MIKE TYSON fue acusado de violación de una menor dijo muy orondo: “La culpa es de ella, para qué usa minifaldas ceñidas”.

El jurado no aceptó semejante disculpa, la cual recibió repudio generalizado.

El asunto se repite: el sacerdote Sergio Román del Real, en nombre de la Arquidiócesis de México, ha publicado lo siguiente en preparación del IV Encuentro Mundial de Familias:

“Si quieres evitar una agresión sexual, no uses ropa provocativa. No te quedes sola con un hombre, aunque sea conocido. No permitas familiaridades de tus amigos o parientes”. En seguida critica que, “como la cosa más natural, ahora las mujeres usan minifaldas, ombligueras y biquinis”. Y agrega: “Cuando exhibimos nuestro cuerpo sin recato, sin pudor, lo prostituimos porque provocamos en los demás sentimientos hacia nosotros a los que no tienen derecho, a no ser que deseemos ser propiedad pública, es decir, que nos prostituyamos aunque sea mentalmente. Eso es la pornografía: una prostitución mental”.

Varios tenebrosos elementos subyacentes, que creíamos superados, encierran estas afirmaciones.

En primer término, vuelca toda la culpa de la agresión sexual sobre la mujer. Por definición, el hombre es un ser desenfrenado que, siguiendo un designio biológico, tiene el derecho a comportarse como un depredador sexual. Es a la mujer a quien corresponde huir y escudarse en el recato para evitar el desenlace fatal. De paso, ese desenlace, además de ser indirectamente buscado por la mujer, termina no siendo producto del albedrío del hombre, sino de cierta licencia ancestral que termina, más o menos, exonerándolo. Exactamente como alegaba Tyson.

A su vez, la mujer encierra en sí misma la perversión de la carne. Es la vieja idea de varias religiones que tiende a emparentar a la mujer con el demonio. Por lo tanto, hay que taparla, bien con el velo islamita o con la prohibición del biquini y la minifalda que proclama el sacerdote mexicano.

Más grave: el uso de esas prendas es una forma de prostitución. No sólo culpabiliza a la mujer por provocar al hombre, sino que convierte la moda en una forma de prostitución mental, categoría en la cual clasifica la pornografía. Usar esas vestiduras convierte a la mujer en “propiedad pública”. Vaya, vaya.

Vale: está bien que la Iglesia combata la utilización del cuerpo femenino como acicate para el consumo. Cada vez son más burdas y menos imaginativas las piezas de publicidad que usan ese artificio. La última es ya la tapa: Gillette genera toda una leyenda perversa sobre los tríos sexuales para hacerle publicidad a una mísera cuchilla de tres filos. ¡Por favor! Tampoco nos deberían creen tan idiotas.

Pero de allí a trastocar todo el esquema de la responsabilidad por el uso del biquini, hay un paso gigantesco. Paso que bordea claramente el abismo de la aberración.

Creíamos equivocadamente que habíamos salido del Medievo.

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Adiós al gran Fals Borda. Conocí de cerca en la Constituyente su sueño de regiones basadas en la economía, la cultura y la antropología, y no en intereses arbitrarios de contenido electoral. Algún día será, Orlando.

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