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LA CRISIS ALIMENTARIA HA IMpuesto una nueva moda. Vaquitas del tamaño de un perro, que pastan en los jardines urbanos y ayudan con su producción de carne y leche. Todo ello en la intimidad de la familia. Además, distraen a los niños en momentos de asueto. La raza Dexter, de origen irlandés, produce más de 8 litros de leche al día.
También cortan el prado. Han aparecido nuevas especies de laboratorio. El gobierno australiano, por ejemplo, ha desarrollado la Mini-Hereford y la Lowline Angus. Su altura no llega al metro, pero produce el 70% de la carne de un animal el doble de grande.
Muy apropiado esto para el caso colombiano, no tanto como programa de lucha contra la pobreza, sino porque este es un país que se conjuga en clave de diminutivo.
Todos queremos un puestico para hacer unos ahorritos, comprar una finquita, tomarnos unos traguitos y dejarles algo a los hijitos.
Como si eso fuera poco, no decimos “sírvame un café”, sino que, aculillados siempre, musitamos “regáleme un tintico”. Pedimos favorcitos, los cuales se hacen ahoritica.
Y hacemos inversioncitas y queremos construir una casita, aspiramos a que el Gobierno le haga una carreterita. Tomamos vacacioncitas. Y el que le da paso a la infidelidad, lo hace con una mocita.
La calle 26 de Bogotá fue descalificada porque era una obra innecesaria. Llamamos autopista a una vía que a duras penas es un camino mediano. El mundial de fútbol nos quedó grande. Casi crucificamos al gobierno que quiso traer la televisión a color. Lujo de países ricos, se dijo. Lo cierto es que ya no se consiguen televisores en blanco y negro. Hoy seríamos la Albania de las comunicaciones.
Del aeropuerto El Dorado y del Centro Administrativo Nacional (CAN) se dijo que eran hazañas faraónicas.
Salmona construyó la más bella Casa de Huéspedes en Cartagena. Pero lo que sobresale no es su piedra labrada, ni sus manantiales sedantes, ni sus ventanas que atrapan lo mejor de la naturaleza. Lo notable es su austeridad. Pese a ello la condenamos a años de telarañas y repudio.
Pero, podría argüirse, al menos somos grandes en violencia y crimen. Concedido. Pero lo somos porque, precisamente, ese complejo de inferioridad, esa timidez de cervatillo, ese servilismo andino, hace que cuando reaccionamos, confiamos más en el machete que en la palabra altiva.
Nuestra política se hace con voquibles de baja intensidad y odios incancelables.
No propongo la megalomanía. Ni el nacionalismo delirante que es enfermedad detestable. Pero sí una dosis de autoestima. Pese a la horrenda humillación a la selección de fútbol.
Cuando se expidió la Constitución del 91, lo único que se les ocurrió a muchos fue decir que nos quedaba grande.
Pero seguimos discutiendo el articulito, el Congreso madurito, las diatribas de Uribito y preguntándonos si esta carnita y estos huesitos van a seguir en la Casa de Nariño cuatro añitos más.
Espero que el magistrado Náder explique convenientemente sus encuentros vinícolas en La Enoteca. Por ahora, según sus declaraciones, sabemos que no asistió a una cata de vinos, sino a una catica.