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¡Viva la derrota!

Humberto de la Calle
10 de diciembre de 2011 – 08:00 p. m.

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En las elecciones pasadas, la ambición se desbordó. Tuvimos 100.177 aspirantes. La cifra más alta en la historia.

¿Qué hay detrás de eso? Más allá de los litros de saliva de los aspirantes, hablando de vocación de servicio y demás mentiras piadosas, el verdadero motor de la política es el narcisismo. El deseo de triunfar. Pero la derrota también tiene su encanto.

En efecto, triunfar es una de las experiencias más amargas de las que tenga noticia el género humano. El que triunfa piensa que puede triunfar más, ganar, salir adelante. Es una adicción. Un Sísifo irremediable e irrenunciable.

Mi traductor del árabe, Amir, un jovencito sabio quien me ayudó en El Cairo a presidir la delegación de Colombia a la Conferencia de Población y Desarrollo, me dio una lección. Ante la parsimonia de los empleados del hotel, cuando le dije que esto le restaba competitividad al turismo egipcio, me dijo con una infinita tranquilidad de alma: ¿Competir, para qué?

Fue quizás Milan Kundera quien narró magistralmente el alivio que le produjo la decisión del régimen socialista de quitarle todo trabajo intelectual y nombrarlo limpiador de vidrios a nombre del Estado. Un número preciso de metros cuadrados de vidriera y listo. Libertad total. Nada de llevar cucarachas laborales a su casa, ni pensar en la trama de nuevos escritos, ni angustiarse por el Premio Nobel, las ventas, los reclamos del editor. Cinco metros cuadrados de vidriera y, después, la paz completa. Una cervecita en la casa en medio de la molicie y que Kirkegaard se vaya a la mierda. Fue Sartre el que dijo que “la patria, la libertad, el honor, de eso nada. El universo gira alrededor de un buen par de nalgas. Esto es todo”.

Camila, mi bulldog francesa, sublime en su fealdad, vegeta rodeada de un inmarcesible halo de tranquilidad. Dormita a pierna suelta. Ausente. Ni la acomete el twitter de Uribe ni la tutela contra sentencias. Pese a su ancestro lobuno, que supondría un impulso indeleble por recoger de manera febricitante todo cuanto signifique comida, ella, ya por fortuna parásita del género humano, confía en sus amos. Ni una sola muestra de ansiedad. Ni siquiera cuando se enteró de las dificultades de Juan Lozano para resolver el dilema Santos-Uribe, un laberinto cretense que sólo tiene una salida trágica.

Y, ¿de la fama qué? El peor oprobio. Toda una vida buscándola para después abjurar de ella y encontrar, en medio de la desesperación, que es un sello imborrable que impregna cada célula del rostro y se convierte en una condena irredimible. No puedes desvestirte de la fama, descansar de ella como de un pesado abrigo de invierno; no hay pausa. Al principio, como todo, te satisface que la dependienta del supermercado te reconozca, o el policía de la esquina. También el lagarto que merodea por los lados del Congreso pidiendo una chanfaina o, en su defecto, cincuenta pesos para la leche de la niña. Pero después, ¡suplicio de Tántalo! Sombra que te persigue hasta el final de tus días. Ni siquiera en el más discreto motel libidinoso de la capital, donde el silencio es trapense, deja de aparecer un discreto pero acuciante “sígase, doctor”. Esclavitud imperecedera.

Una lágrima por los ganadores.

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