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El protagonista de la década pasada fue el planeta, y la que inauguramos será crucial para encontrar las soluciones a la crisis climática que, sin ambages, podría causar la extinción de nuestra especie, junto con la de otros millones de organismos vivos que habitan esta Tierra.
La lista de los desastres antropogénicos es larga y las catástrofes son tantas que hemos llegado a un punto de saturación y —por esos intrincados mecanismos de la política, la psiquis y los patrones culturales— preferimos mirar para otro lado si no somos los afectados inmediatos por las inundaciones, los voraces fuegos, la hambruna, las migraciones hijas de la crisis, la sequía y sus guerras por el agua, la contaminación de los océanos, la polución del aire…
Quien dude que la amenaza es así de perentoria, dele una ojeada al libro “El planeta inhóspito” de David Wallace-Wells o al último informe de la COP 25 de Madrid en donde el secretario general de la ONU da parte de derrota, o estudie las declaraciones de los miles de científicos tratando de hacernos entender que la cosa es en serio y que la crisis puede producir “un sufrimiento incalculable”.
En Colombia, en donde a duras penas tenemos estadistas y en donde la estructura de poder y el conflicto permanente nos mantienen ocupados apagando los incendios nacionales, los dirigentes abordan este tema con una ignorancia provinciana y pérfida. A veces surgen hombres públicos bien “aterrizados”, como es el caso de Humberto de la Calle que anuncia que se dedicará a trabajar el tema con ahínco, pero es en general una excepción y un buen ejemplo. La mayoría no comprende la admonición del sabio Humboldt cuando afirmaba que como “todo es interacción y reciprocidad… la humanidad tendría el poder de destruir el entorno, y las consecuencias serían catastróficas”. El silogismo es obvio: sin planeta no hay país y sin país no hay habitantes; pero el neoliberalismo criollo y global se hace el sordo, su codicia lo hace ciego y, mientras raspa la olla de lo que va quedando, a los demás no nos dejan ni el cucayo.
Los estudiosos de la crisis climática coinciden en que, a pesar de que ya hay daños irreparables, las posibles soluciones no radican solo en mitigar los daños de un sistema insostenible sino en darnos prisa en construir un sistema distinto, en el que el juego ya no es individual ni local y exige acciones creativas y prácticas. Quizás aconsejaría de nuevo la aproximación fundamental de Jeremy Lent en su libro llamado “The Patterning Instinct” —aún no traducido—, pues sabemos que hay que cambiar, pero cuando llega el momento de la acción nuestros patrones de pensamiento cultural ya no funcionan. Por ejemplo, ¿somos individualistas? ¿O somos en realidad cooperativistas por instinto? Lent, apoyado en unas investigaciones tan importantes como las de Harari, utiliza las herramientas de la historia cultural y la neurociencia para explicar la disonancia. Si, digamos, no somos los amos del universo sino una de sus partes, la visión cambia y habrá en concordancia soluciones frescas.
Los movimientos sociales también crean conciencia, aunque estemos aún en el “catastrofismo”, que dará paso a la creación de talantes novedosos: nuestro paro nacional en el que la juventud reclama a gritos la protección de los recursos; los movimientos apasionados como el de Extinction Rebellion; los cientos de organizaciones de ambientalistas (declarados como enemigos del sistema) que dedican su vida a visibilizar la expoliación; los movimientos artísticos, espirituales y religiosos que, como lo muestran este video y este artículo de Nat Geo, nos han estimulado a re-ligarnos con el Todo. Así que la década que inicia será el punto de quiebre en donde se decidirá, en la medida de lo humano, el futuro de la especie.