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Entre las cosas importantes que ha dicho el presidenciable Humberto de la Calle en estos días, con visión de estadista y experiencia de campo, está la de recordarnos que los colombianos tenemos que llegar a un “acuerdo sobre lo fundamental”, como dijo una vez Álvaro Gómez, es decir, renovar entre nosotros el contrato social. Y quizás uno de los acuerdos prioritarios debe ser cómo convivir en las ciudades.
En este sálvese quien pueda de la guerra, los desplazamientos, el rebusque, el arribismo matón y el analfabetismo funcional, hemos perdido toda conciencia de las normas de urbanidad mínima. La cultura ciudadana naufragó, pero hay que recobrarla como requisito para la convivencia pacífica que queremos construir.
Hicimos un pequeño sondeo entre los amigos de cuáles son las cosas que más “neura” nos causan en las ciudades de Colombia. A continuación, en desorden relativo, las cosas en las que todos coincidimos, y serían las que uno espera que aparezcan en una nueva cartilla ciudadana básica de toda Alcaldía:
Las motos se han vuelto el dolor de cabeza general, no porque sean un mal medio de transporte, sino porque en su conducción reinan la ignorancia, la alevosía y la anarquía que diariamente matan. Habría que educar en señales de tránsito y comportamiento. Sí, obvio, son los básicos. (No adelantar por la derecha, respetar los semáforos, no zigzaguear). Se sabe que las licencias de conducir las palanquean las distribuidoras comerciales y que los exámenes son comprados. Antes de que sean seis millones —ya son cinco larguitos— sería bueno un borrón y cuenta nueva y exigir cursos serios para renovar las licencias, intensificar las campañas y, desafortunadamente, multar sin reticencias. Pero el ciudadano debe colaborar en el asunto y elevar un poco su conciencia ciudadana. Se puede.
Recuperar la noción de que andar por el carril derecho es lo normal y el izquierdo es únicamente para adelantar. Esta norma elemental desapareció del inconsciente colectivo y el conductor que va en carril izquierdo, lento y distraído, ignora por qué será que el de atrás le pita y le hace señas. Igualmente, parece que en ninguna escuela del país enseñan que el peatón también debe caminar por la derecha de la acera.
La invasión de los andenes por parte de carros, motocicletas, e incluso bicicletas, ha convertido las veredas —de por sí desbaratadas— en espacios intransitables para el hombre de la calle, y ni hablar para los minusválidos.
El ruido: el volumen de los radios de los carros, de los vehículos de servicio público, de la televisión, del aeropuerto y el restaurante, del parlante de afuera en el almacén de variedades en el centro, del perifoneo abusivo, el de la fiesta de los vecinos del conjunto, la guadañadora estruendosa, la obra y sus taladros en horas desgraciadas; y, desde luego, el pito, cuyo uso solamente se modera en Medellín. Bogotá ha mejorado por cansancio y Barranquilla pierde el año.
Las basuras: la educación en su manejo, reciclaje y disposición es fundamental para la convivencia. Soñemos que, como en Ámsterdam, se pueda prohibir el uso de desechables plásticos, bolsas e icopor. Todavía se arroja basura desde el bus, en la carretera, en la calle, en los arroyos. Y hay que llevar a los escolares a conocer un basurero.
No bloquear las esquinas: esta es quizás una de las actitudes más egoístas e irritantes. Si fuera por brutos, vaya y venga, pero es por avivatos.
Desde luego, la lista de la cartilla propuesta es larga, pero ahí van las bases. Se nos quedan por fuera: saludar y dar las gracias, respetar las direccionales y ceder el paso (¿ceder? Sí, ¡ceder!), no orinar en las calles cuando sea posible, respetar al indefenso peatón aunque su comportamiento no sea perfecto y, sobre todo, desarrollar el respeto, la tolerancia y la sensación de pertenencia a la ciudad. Renovar el contrato para vivir en paz.