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Aguinaldo solidario

Ignacio Zuleta Ll.
20 de diciembre de 2010 – 09:56 p. m.

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LOS CAMPESINOS DEL ATLÁNTICO no tienen la culpa de que sus patrones hayan hecho un dique contra natura y en reversa de la sabiduría ancestral de los sinúes.

Las imágenes y relatos de la llamada tragedia invernal son espeluznantes. Puede uno sentir en carne propia la desesperación de los desposeídos que han perdido familia, colchones y trabajos, casa y tierras, gallinas y ganado, y hasta sus herramientas de trabajo.

Es fundamental que en esta Navidad de usuales despilfarros y consumo azuzados por los comerciantes, cada colombiano haga el ejercicio de dedicar conciencia y dinero a sus prójimos despojados y sufrientes. Los padres de familia, en lugar de salir desesperados a conseguir los caprichos de sus hijos buscando un Wii y un juguete de plástico chino, podrían explicarles a sus hijos que si cada colombiano dedicara un porcentaje generoso de su presupuesto navideño a las fundaciones que canalizan la ayuda, la Navidad de los damnificados sería menos triste.

Confiamos en que la Cruz Roja, las fundaciones humanitarias y las entidades del Estado hagan un uso escrupuloso y compasivo de estos fondos. Sería un crimen que los intermediarios se embolsicaran lo que los compatriotas seguramente están dispuestos a compartir con sus congéneres. Consignemos ya en la cuenta de Colombia Humanitaria y de paso hacia el centro comercial a hacer sus compras, deposite sus donaciones en especie en la Cruz Roja local.

Y volviendo en concreto al Canal del Dique, se había demorado la historia en demostrar la ignorancia disfrazada de progreso. En esas tierras vivieron muchos siglos los indígenas, amistados con los ciclos naturales. El sistema de labranza del agua y de la tierra estaba en armonía con los ciclos del río y la lluvia y las sequías. Sus canales perfectos regulaban el flujo de las aguas y, como el Nilo en Egipto, proveía limo fértil y pesca en abundancia en esas ciénagas que fueron manejadas por “los ingenieros” como si fueran lodazales incómodos e inútiles y el río un enemigo. Bastó la pretensión de los cartageneros de la época de ser un puerto grande, para que se emprendiera la obra del Canal del Dique, que rompió el equilibrio milenario. Es buen ejemplo para revaluar las palabras “progreso” y “desarrollo”. Poco a poco el planeta se irá encargando de mostrarnos los errores, pues nos hemos alejado en extremo de la tierra, como si pudiéramos prescindir por un segundo de agua y de comida, que para la sorpresa de muchos, no se producen en los supermercados. La paradoja actual en este momento del planeta es que para seguir adelante, hay que volver atrás.

Que estas fiestas no sean un anestésico. Ciertamente se puede ser feliz en Navidad, quienes lo logren, pero hay que mantener activa la conciencia. Pasan cosas: damnificados, ley de víctimas que podría no cobijar a quienes sufrieron las atrocidades de hace dos décadas, desplazados que siguen afluyendo desesperadamente a las ciudades, y la lista es larga.

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