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El tema es, como el río, largo, ancho, profundo y lleno de meandros.
En la vida de un hombre, se convierte en hito indeleble la posibilidad de ver y tocar el Amazonas, de sentir intensamente la fecunda energía de la selva y conocer a sus antiguos pobladores y custodios. Para un colombiano de la cordillera, malacostumbrado a sentirse en el centro y a mirar hacia el norte, el impacto de la selva más vibrante y poderosa del planeta es un bautizo. ¿Cómo ha podido el país vivir de espaldas a semejante realidad telúrica? Porque a pesar de ocupar la mitad del territorio, nuestra cuenca amazónica ha sido más un teatro de piratería, explotación, matanzas, negligencia y codicia que una porción de patria: legado imperdonable que ya nos cuesta caro.
Un rebaño de nubes flota sobre la selva. Después de volar por varias horas sobre un jardín de brócolis enormes, se renueva el destello de esperanza. Quizás, después de todo, ni Brasil con su incipiente imperialismo, ni Colombia con su frontera de coca y de ganado, ni los demás vecinos de la cuenca logren tan fácilmente deforestar semejante inmensidad de territorio. Pero es sólo una manera ingenua de pensar con las ganas, pues si nos atenemos a las cifras y a la situación que narran los indígenas acerca de lo que sucede en sus antiguos territorios, se le contrae el alma hasta al más optimista.
Estas selvas están llenas de tesoros. Hay quienes se deslumbran con los minerales o huelen ávidos petróleo en el subsuelo o quieren la madera. Para otros, la fortuna reside en las plantas que proporcionan alimento y medicina y en la más rica diversidad de animales en el orbe. Pero sería inútil tanta exuberancia si no supiéramos cómo utilizarla y cómo protegerla, así que en realidad lo más preciado que ofrece este lugar son los hombres mismos, los indígenas que por siglos han sido parte integral de este sistema. Sin los conocimientos ancestrales que poseen, estaríamos perdidos ante la jungla indescifrable. Dice un amigo: “Quizás sean más importantes los mapas y las llaves de este cofre que el tesoro mismo”, refiriéndose a la necesidad de respetar, acompañar y promover a los indígenas para que no terminen mendigando en los semáforos.
La ecuación puede plantearse como sigue: si no hay un territorio ancestral garantizado y protegido, no hay comunidad y, por ende, no hay cultura ni transmisión del saber ni sabedores. La esquizofrenia estatal ha establecido reservas, parques y santuarios, pero ha otorgado en los mismos territorios las concesiones mineras, petroleras y madereras que desplazan a los pobladores ancestrales o, en el peor de los casos, corrompen su sistema ancestral hasta la médula.
El buen salvaje será una exageración del Siglo de las Luces, pero lo cierto es que nuestras muy maltratadas etnias nacionales amazónicas aún conservan el eslabón espiritual con el entorno, el cordón que los une a la tierra, que es la madre, son los dueños de la sabiduría y los secretos, y viven cosmogonías atávicas riquísimas. A su lado, nosotros somos mestizos deleznables sin un sentido de la pertenencia, bogando a la deriva de los vientos globales.