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YA ENTIENDE UNO POR QUÉ LOS fundadores le añadieron al nombre de Bogotá el de la Santa Fe.
Es que sin esta virtud no quedaría ni asomo de esperanza por una ciudad que colapsa con coletazos de dragón infernal agonizante. No dan más las calles para tanto carro ni los andenes para tanta gente, el colapso de la convivencia es obvio y doloroso y aumentan, como estertores, el ruido y la violencia. Los servicios básicos están mal repartidos y llegando a sus límites, la producción de excretas y basuras ahoga y envenena al animal que se revuelca en sus propias heces. Si las ciudades en general son desastrosas, Bogotá es el ejemplo escueto de lo inviable.
En otros países, la dinámica de plagar las ciudades se revierte con la vuelta al campo. Unas veces, como en China hace unos años, a las malas. Otras veces, como en Europa, por saturación con un sistema consumista ciego e insaciable. ¿Pero quién quiere volver al campo colombiano abonado con minas explosivas, dominado por grupos de narcomilitares que ganaron la batalla y manejan sus feudos sembrando muerte y terror, o explotado por los nuevos patrones corporativos anónimos, impersonales, inhumanos? Esta tierra que fuera promisoria se convirtió en sinónimo de hambre, sangre y despojo.
Por eso la ciudad, en el imaginario colectivo nacional, se convirtió en refugio de la guerra. Y muy pocos le agradecen, la aman o desarrollan sensación de pertenencia con el albergue que para el alma sigue siendo transitorio. El asilado aprovecha la ciudad, y como cualquier expatriado, manda los giros a su tierra, añora su querencia, se mimetiza con el entorno agresivo y se debate entre volver o arraigarse. La segunda generación pierde además de inmediato sus raíces y no quiere saber nada de sus orígenes malditos. Comienza la ansiedad de subir en los estratos, de urbanizar sus costumbres hasta pasar desapercibido en la homogeneidad aséptica de la nueva tribu. Se pierden rápidamente las tradiciones, los usos y costumbres, la sabiduría botánica, los ritos ancestrales, el lenguaje. El drama inicial se repite y perpetúa en la nueva aldea que ahora es el barrio marginal, sin un árbol, sujeto a la inclemencia de las lluvias, y en donde la violencia y el hambre de la que parecía haberse escapado el refugiado, se transmuta y se condensa como un fermento que envenena la cotidianidad a todos los niveles.
Algunos logran regresar a sus pequeñas patrias o a lugares parecidos. Otros, generalmente sin responsabilidades ineludibles de familia, se vuelven posturbanos o neorrurales y procuran volver a la naturaleza a luchar con los arduos e ingratos trabajos agrícolas, o por lo menos a tratar de ser consecuentes en el ejercicio mínimo de no consumir más de la cuenta y seleccionar sus basuras con cuidado. Y los más pudientes, crean suburbios de burbuja protectora en donde por lo menos logran criar a sus hijos con buen aire, mientras llega la adolescencia con sus apremios y el sueño suburbano se derrumba.
Incluso si la añorada paz y la equidad en la tenencia de las tierras se hicieran realidad, la vuelta al campo y la descongestión de la ciudad tomarían muchas décadas. Y en tanto esto sucede, el único refugio verdadero es cultivar el espíritu en medio del colapso. No habrá transformación social si no hay cambio en el alma individual.