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—Tengo que devolverme— me dijo una amiga al salir de paseo a una finca—, dejé la placa y primero muerta que dormir sin ella—.
Y en la misma semana oí a un par de personas discutiendo el diagnóstico del odontólogo: bruxismo, ese hábito de apretar los dientes, especialmente por la noche. La gente se quejaba de dolores de cuello, de mandíbula y de cabeza. Me di cuenta de que yo también amanecía algunas veces con molestias en la articulación de la quijada y los oídos. Decidí revisarme. La odontóloga encontró que tenía dos empastes de resina —de por sí desechable— fracturados, fruto de la presión de mis dientes por la noche. Obviamente, me mandó a utilizar una férula oclusal, pues parecía que hubiera estado masticando cascajo por las noches. Decidí averiguar sobre este mal.
Descubrí cosas interesantes. Mi intuición de que ha habido un aumento notorio en el número de casos de bruxismo fue confirmada por algunos estudios médicos, que afirman que en lo que va del siglo XXI el incremento en el número de casos reportados es enorme. Hay diferentes tipos de bruxismo, pero al parecer el más serio es el que sucede durante el sueño. Este hábito inconsciente consiste en apretar los dientes, triturando un fantasma. Los estudios de la Clínica Mayo corroboraron la otra mitad de mi corazonada: este es un mal relacionado con la presión del entorno y los aspectos psicosociales de una civilización en la que algo, literalmente, rechina. Se halló en estas investigaciones que el 70% del bruxismo ocurre cuando hay ansiedad, estrés y desórdenes mentales. No son las únicas causas, pues el restante 30% puede deberse a mala mordida, estar bajo medicamentos psiquiátricos o sufrir de apnea. Pero la mayoría de quienes destrozamos esmaltes y resinas por lo noche, lo hacemos por tensión. Interesante.
Otros científicos corroboran el hallazgo de que a más “desarrollo”, mayor bruxismo. Algo nos dice que la especie no está preparada para el estilo de vida altamente competitivo, urbano y complejo al que se enfrenta un ser humano contemporáneo. Ya somos un planeta básicamente citadino, por ejemplo, y ello influye: como ya no hay una salida motora inmediata, tal como salir a caminar por las montañas o cazar un tigre, como cuando vivíamos en los campos, las emociones fuertes de ansiedad, frustración y agresividad se reprimen y se manifiestan de manera inconsciente en la mandíbula. El llamado cerebro emocional o reptiliano es la estructura primitiva encargada de las emociones y reacciones instintivas. Cuando hay estrés crónico y perturbaciones, por verbigracia en situaciones de crisis económica o conflicto armado —el pan de cada día— ,el individuo aprieta el maxilar, como si hubiera ya llegado la profecía de san Mateo: “allí será el llanto y el crujir de dientes”. Quizás el “progreso” ya llegó a ese averno.
La solución principal está entonces en aprender a relajarse. La firma del acuerdo de La Habana bajará la presión. Hacer conciencia de la respiración durante la vigilia es ya un gran paso. No cargarse de estímulos negativos antes de dormir es otra buena idea. Y de todas maneras, están las medidas ortopédicas: mandarse a hacer una férula oclusal para que no perdamos los dientes tratando de mascar una civilización tan dura de roer.