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Dicen que la salud es el silencio del cuerpo. Interesante máxima, pero incompleta. Nadie, mientras esté encarnado, está exento de padecer los gritos de la vida que se manifiesta en el dolor: hay dolor en el parto, dolor en las caídas infantiles, dolor en la piel atravesada por una sólida realidad que la penetra; hay dolores que dan la voz de alerta cuando algo no funciona en el milagroso equilibrio de las células; hay daños lacerantes que —en apariencia— revientan el umbral que pueda soportar un ser humano; y hay dolores en el deterioro del organismo vivo sometido al ciclo inevitable de la ley del tiempo.
Sin embargo, las aflicciones tienen sus virtudes pues nos obligan a explorar misterios que subyacen más allá de la zona de confort. Cuando estamos holgados y el cuerpo está en silencio, damos por hecho que el bienestar es lo que nos corresponde para siempre; pero cuando en su insolencia la enfermedad o el accidente nos empujan hacia el envés de la moneda, allí también se abren y se ensanchan fascinantes universos de la experiencia humana. Escudriñar en las intensísimas sensaciones de la carne y de los nervios y observar en paralelo las respuestas de la psiquis y el espíritu ante el embate de las fuerzas del tormento nos apremia a crecer de modos enigmáticos. Otros recursos de la vida que no parecían hacer parte de nuestras herramientas cotidianas comienzan a insinuarse, a revelarse, a salir de su letargo. Nos vemos obligados a construir concepciones que trascienden la corporalidad más inmediata, a aceptar condiciones que contradicen el prevalente hedonismo cultural, a recordar instancias superiores y recónditas de nuestra conexión fundamental.
No yerran las tradiciones iniciáticas que han elevado el dolor a rito de purificación integral del ser humano: las pinzas mohicanas de colgar a los guerreros de la piel, las pruebas de agua y fuego, la crucifixión redentora, el calor extremado de un inipi lakota… que en la blanduzca modernidad de clase media nos parecen del todo inconcebibles. En cualquier caso, el transcurso de la vida misma nos presenta sus propios retos, sus ritos de purga cotidianos, sus ejercicios de templanza, paciencia y humildad. Y, asistidos por la conciencia del aliento, casi siempre respiramos mejor al culminar la ordalía sofocante: fortalecemos potencias del espíritu que nunca habíamos cultivado y elevamos el nivel de tolerancia ante las incomodidades penosas o irritantes que ahora percibimos como vagos ruidos de fondo y no como protagonistas alharaquientas de la vida.
El contraste entre la superada prueba álgida y el bienestar recuperado le da una dimensión menos gratuita al estado de “silencio” y de “salud” que ya no damos por sentado; ahora lo apreciamos con gratitud como un regalo, como una brisa fresca o una llovizna cariñosa. Pero, sobre todo, el dolor nos debería hacer mas compasivos con el sufrimiento de los otros para que cumpla su verdadero papel transformador en el orden de las cosas de este valle de lágrimas y dichas.