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Cuídame el bosque que yo te pago

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El concepto de pago por servicios ambientales es relativamente nuevo.

Cuando nos dimos cuenta de que la Tierra se estaba calentando por causas humanas, funestas para el clima y la vida en el planeta, se prendieron las alarmas. Desde 1995, un organismo de la ONU, la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), organiza conferencias, unas con éxito y otras desastrosas. Lo cierto es que años después del Protocolo de Kioto, en el año 2005, nació REDD, un mecanismo internacional que procura reducir las emisiones de gases de efecto invernadero por deforestación y degradación de los bosques. Se vio años más tarde que también habría que incorporar la conservación y el manejo sostenible de los bosques y el desarrollo de las comunidades que los habitan, y para indicarlo se le puso un apéndice al nombre: REDD+.

De manera en extremo simplificada, el complejo mecanismo funciona así: el carbono es el principal gas de efecto invernadero y se produce por emisiones de combustibles fósiles, por deforestación y por otras actividades humanas y causas naturales. Mantener una selva en buen estado evita que ese carbono entre a la cloaca atmosférica. Si yo, en tanto actor industrial, no tengo más remedio que dejar una huella de carbono, limpio mis culpas y compro bonos de carbono que ayuden a detener el deterioro. Es decir, pago por un servicio ambiental.

Los países de la CMNUCC, incluyendo Colombia, están en la tarea de remar en arequipe para llevar a cabo la idea y evaluarla. El principio tiene tanto detractores como abanderados a ultranza. Los críticos dicen que el sistema da para especulación financiera; para que aparezcan piratas que engañen a los pobladores de las selvas como pasó en el Perú con los “vaqueros del carbono”; que podría más bien perjudicar la seguridad alimentaria; que se corre peligro de desplazar comunidades y que en realidad la solución al cambio climático no está aquí sino en una modificación de las estructuras del sistema que nos conduzca, por ejemplo, a abandonar de inmediato los combustibles fósiles. Por otro lado, los abanderados opinan que REDD+ ha creado conciencia ambiental al hacernos caer en la cuenta de nuestra huella de carbono; que ha obligado a aclarar el asunto fundamental de la tenencia de la tierra y las selvas y que ya es un avance darle un significado económico al bosque que antes se consideraba como uso ocioso de la tierra.

En Colombia, mientras tanto, sin tantas negociaciones y vericuetos, se creó Banco2, una exitosa iniciativa de Cornare con la colaboración de varias empresas. Se ha simplificado el mecanismo: yo calculo mi huella de carbono, que tiene un precio, y aporto a una comunidad concreta de campesinos con nombre y cara, para que ellos, que antes vivían de tumbar el bosque, ahora reciban por cuidarlo un apoyo decisivo por su servicio ambiental. La idea es buena. Algo hay que hacer ya para conservar los bosques y el agua mientras se cambia el mundo. Invito a los lectores a darle una mirada a este programa.

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