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El desperdicio inaudito

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Los norteamericanos desperdician casi la mitad de la comida que producen. «El 40% de la comida producida en EE.UU. acaba en el relleno sanitario», dice un informe reciente del Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales (NRDC).

Vista desde el tercer mundo, en donde el hambre es rampante, la cifra muestra francamente un crimen de lesa humanidad y un indicador elemental de que hay algo que no marcha en un sistema que se da ese lujo. Y desde el punto de vista del ambiente la situación es un desastre: el despilfarro de agua, la producción de gas metano del que este desecho es responsable en un 23% y la utilización de enormes áreas para rellenos sanitarios son consecuencias graves.

Las causas son de política económica y de cultura consumista. Para mantener andando la “economía” —y aquí evidentemente el término es ridículo— los restaurantes y los vendedores de comestibles “renuevan” sus productos aunque aún estén relativamente frescos. Los desperdicios van a dar al relleno sanitario y ocupan el primer lugar en los residuos sólidos de la cadena de basuras. Por otro lado, el consumidor, digamos una familia típica de cuatro, desperdicia cerca de dos mil dólares anuales en comida; las porciones gringas de restaurante promedio son, como se sabe, excesivas y por consiguiente acaban de igual modo en el botadero, o cuando más, son arrojadas a los cerdos. Mientras tanto aumenta el hambre, los precios de la comida suben y las sequías amenazan a la agricultura.

En Colombia el modelo no es distinto, y menos con el TLC. Un cultivador de papa deja podrir fácilmente la mitad de la cosecha si los tubérculos no tienen el tamaño que le exigen los nuevos monopolios extranjeros. No hay incentivos suficientes para cultivar localmente, lo que ahorraría el transporte y evitaría el deterioro del producto. Los ensayos por organizar el compostaje de los residuos de nuestras plazas de mercado no funcionan. Las frutas caídas y podridas son parte del paisaje, pues vale más recogerlas que lo que se gana vendiéndolas. La clase media colombiana, siguiendo el mal ejemplo, se olvidó del dicho antiguo que proclama que “botar comida es pecado” y entra rápidamente al juego del consumo-desperdicio sin muchos miramientos, o indirectamente, comiendo en restaurantes que despilfarran la comida o comprando en supermercados de grandes superficies que siguen el modelito americano.

Aún quedan algunos sectores de la sociedad que se preocupan por repartir estos sobrantes entre las poblaciones vulnerables, por ejemplo algunas iglesias o asociaciones de caridad. Pero hay que revisar con cuidado lo que hacemos, pues ya se sabe que el sistema no resulta. Como consumidores somos responsables de servirles de lazarillo a las ciegas y estúpidas leyes del mercado aumentando la conciencia de lo que compramos y en dónde, y ajustando las cantidades de lo que de verdad necesitamos, para evitar el ignominioso desperdicio.

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