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El espacio sagrado

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Laudato si’ no es solamente una encíclica sobre árboles y pájaros y arroyos cristalinos. Las aseveraciones y postulados que atañen a otros rubros, todos obviamente conectados con el entorno, son recios, como toca en un momento difícil del planeta. Y muchas de las palabras del argentino pontífice parecieran dedicadas de modo especial a Colombia.

Decir por ejemplo que hay «propuestas de internacionalización de la Amazonia […] que sólo sirven a los intereses económicos de las corporaciones transnacionales» es refrendar un diagnóstico económico, político y social que hace rato se ha hecho y al que poca atención prestamos. En consecuencia, Francisco felicita a las instituciones e individuos que ejercen presión «para que cada gobierno cumpla con su propio e indelegable deber de preservar el ambiente y los recursos naturales de su país, sin venderse a intereses espurios». Queda claro. En lo tocante a nuestras etnias aborígenes, tema acaso desapercibido ante el apabullante diagnóstico de otros problemas ambientales, la carta afirma sin rodeos que «la desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal». Se argumenta que no habrá soluciones profundas si no incorporamos los derechos de los pueblos en los programas ambientales. Este respeto implica que no puede imponerse «ni siquiera la noción de calidad de vida», construcción de antemano occidental. Porque los pueblos ancestrales “no son una simple minoría entre otras, sino que deben convertirse en los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios. Para ellos, la tierra no es un bien económico, sino don de Dios y de los antepasados que descansan en ella, un espacio sagrado”. ¿Pero qué podrán entender los tecnócratas globalizadores o los gobernantes  citadinos por el concepto de «espacio sagrado»? La idea de sacralización de nuestra casa común propuesta por la encíclica les es extraña. ¿Qué tienen de sagrado una planta, un nacimiento de agua, una montaña? Les debe parecer que el concepto de territorio —sagrado, para más escándalo— como base de una cultura es una tontería arcaica. Como ellos mismos ya no tienen arraigo en un terruño y son hijos del concreto y la ciudad  sistemáticamente profanada, lo único sagrado para ellos es la billetera. Por eso no dudan en presionar a los locales, que son un bien económico o un estorbo, «para que abandonen sus tierras a fin de dejarlas libres para proyectos extractivos y agropecuarios que no prestan atención a la degradación de la naturaleza y de la cultura».  En la misma línea, el mensaje de Bergoglio ratifica la necesidad de promover y proteger también la diversidad productiva y de pequeña escala. Los pequeños agricultores y pescadores «siguen alimentando a la mayor parte de la población mundial»; y además, según afirma el texto con certeza comprobable, esta pequeña escala produce menos residuos, necesita menos territorio y gasta menos agua. Sus pequeñas parcelas siguen siendo invaluables, sagradas, para ellos. Desplazarlos con mecanismos económicos globalizadores y falsamente productivos no colabora para nada en la construcción de la paz que estamos comenzando a avistar. Habría que «poner límites a quienes tienen mayores recursos y poder financiero», les sugiere la encíclica a los hombres de buena voluntad.

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