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Sin duda ya sufrimos de lo que se ha denominado el “síndrome de déficit de naturaleza”.
El 75 por ciento de los colombianos vivimos en las urbes. Es decir que ya somos hidropónicos: cultivados en ausencia de la tierra; con absorción de nutrientes en solución acuosa o gaseosa; bajo luz de neón y en un soporte de concreto armado.
El síndrome de déficit de naturaleza tiene muchas causas. La primera es la paranoia de los padres, a los que les parece peligroso hasta el jardín de enfrente. Desde luego, los noticieros asustan por oficio y reafirman los temores colectivos. Ahora bien, la carencia de zonas verdes en las ciudades y las restricciones que se imponen en ellas son fenómenos en aumento. A veces ni siquiera se puede caminar sobre la grama. Y también nos hemos alejado de la tierra por causas dolorosas: hemos desplazado a cerca de seis millones de colombianos hacia la más yerma sección de las ciudades, gente que quizás nunca antes habría pensado en abandonar el campo. Y con las políticas agrarias de esta patria, el sueño de creer que la ciudad es mejor que el campo genera más destierro.
Uno de los efectos de este síndrome es la desaparición del sentido de pertenencia a un territorio. Este desarraigo literal podría explicar, por ejemplo, el esnobismo nacional y las conductas de los bogotanos adoptivos. Luego desaparece la cultura ligada a un territorio, y con ella las comidas, bebidas y costumbres ancestrales locales. Se engendra, pues, una absoluta indiferencia por lo que pueda sucederle a este planeta. Muchos no conocen la naturaleza ni quieren conocerla. Los pocos que tienen finca son privilegiados. El resto se expone a unos paisajes de ver y no tocar. Millones de colombianos nunca han visto ni la selva ni el mar. Y ahora hay toda una generación que heredó las alergias de los gringos y se brota al contacto con el pasto.
Es natural entonces que la salud pública se resquebraje y aparezcan los desórdenes de déficit de atención, hiperactividad, depresión, obesidad e incluso problemas de visión. Los norteamericanos estudiosos del tema profetizan que esta generación de suburbanos tendrá una expectativa de vida menor que la de sus padres, lo que sucederá por primera vez en muchas décadas. Y aquí no estamos lejos.
Un niño de clase media puede pasar frente a una pantalla hasta 40 horas semanales entre televisión, tareas, chats y navegaciones azarosas. Los niños, como antes, se invitan a sus casas, pero en esas tres horas cambiaron los juegos en el parque por el WhatsApp, el Facebook o la caja boba de los juegos electrónicos. ¿A qué horas se dedican, como antaño, a pasear, a convertir un lote lleno de plantas maravillosas y escondites en un escenario fabuloso y verosímil?
Si los padres dieran el ejemplo de disfrutar al aire libre, limitarían el tiempo de exposición de los hijos a las pantallas; en lugar de salir al centro comercial podría recobrarse al menos el tradicional paseo de olla con pelota, papa salada y baño en río (eso sí, ahora con tres bolsas para no dejar el río plantado de desechos). ¿Habrá mejor terapia?